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WOMEN

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Nací en Moscú en 1980. Mis padres, Irina y Vladimir, eran físicos los dos. Mi madre me tuvo jóven, con 22 años. Fue la época de la "Perestroika" o "Cambio", que comenzó en 1980 y acabó con la caída de la Unión Soviética en 1991. Recuerdo mi infancia en Rusia con cariño: la guardería del barrio, al cole con el pañuelo rojo, la ilusión de entrar en los "pioneros". Todas las actividades extraescolares que pude hacer gratis (pintura, baile, gimnasia, bádminton). Las veces que fui al cine, al circo y al teatro infantil con mis abuelos maternos. Las vacaciones en Kotovsk con mis padres y mis abuelos paternos: el huerto, la acampada en el bosque, la pesca y el coche blanco de mis abuelos "Pobieda" o "Victoria" en el que siempre vomitaba (un modelo que salió el año de la victoria de segunda guerra mundial). Recuerdo las vacaciones con el campamento de universitarios, a los que daban clase mis padres. Cuando yo tenía 3-4 años mi padre tuvo que hacer dos años de servicio militar obligatorio. Lo mandaron a Kamchatka, a más de 6000km de Moscú. Allí conoció a otra mujer y a la vuelta formó otra familia. Tuvo problemas con mi madre y no volví a verlo más, ni a mis abuelos paternos. Mi madre se volvió a casar y tuvo a mi hermano Dima, cuando yo tenía 6 años. Mi segundo padre, que también era físico y se llamaba Vladimir, era una persona muy inteligente, carismática y con sentido de humor, pero bastante reservado. Era hijo de españoles, un combatiente del bando republicano y una niña de la guerra civil que se refugiaron en Rusia y se conocieron allí. Mi padre pasó su infancia en Cuba, tengo primos en la Habana, y hablaba perfectamente español. En 1990 mis abuelos se volvieron a España. Yo había ido un verano a Madrid y al año siguiente pensaba que sería otro viaje de vacaciones, pero mis padres decidieron quedarse a vivir en España y nos apuntaron a mi y a mi hermano al colegio en Madrid. Yo tenía 11 años, no puede despedirme de mis amigos del cole ruso ni del equipo de bádminton. El primer año pasamos haciendo deberes juntas mi madre y yo, para aprender español. Por suerte el español es fácil. Los siguientes 5 años no tuve mucha vida social, pero mi padre trajo de Moscú un cachorro de Cocker Americano, vino en avión dentro del gorro de piel ruso. Lo llámanos Slavik y me dediqué a malcriarlo. A los 16 años conocí a Dani, mi primer novio, que tenía 20 años y era del grupo de amigos del barrio. Con él pasé felizmente 21 años. Elegí estudiar Medicina, y nos fuimos a vivír a un piso compartido. Dani trabajaba en una empresa de instalaciones y en pocos años pudimos irnos a un piso solos, al lado del hospital donde estudiaba. Los dos teníamos ganas de irnos de Madrid. Cuando terminé la carrera y decidí coger Cirugía Plástica, elegí el Hospital de Bellvitge, en Barcelona. Fue una muy buena elección, y a día de hoy, 20 años después, sigo trabajando allí. Cuando yo tenía 33 años tuvimos una hija, Lucía. Pero por circunstancias de la vida, tres años después, me crucé con Javier y fue amor mutuo a primera vista. Él es 15 años mayor que yo y lleva desde los 40 con la Enfermedad del Párquinson, lo que no le ha impedido crear dos de los locales "Fetish" más bonitos de toda España. Los dos nos separamos de nuestras parejas y nos fuimos a vivir juntos. Mi hija, tuvo de repente una hermana 4 años más mayor. Al principio se querían matar, pero ahora se quieren mucho. Lucía tiene muy buena relación con su padre, quien ha rehecho su vida, así que además de una hermana mayor, tiene un hermano pequeño. Lo ve los fines de semana. Mi padre falleció de repente hace 3 años y mi madre ha venido a vivir a Barcelona. Mi hermano Dima se casó con una catalana y tienen una hija de 6 meses. Tengo a mi familia cerca, por casualidad ahora vivimos todos en la calle Sicilia. En mi casa también viven dos gatos, dos conejos y la tortuga Lourdes, que tiene su propio templo. "Y colorín colorado, este cuento NO ha acabado".

Diana

Me diagnosticaron un brote psicótico a los 21 años. Durante aquella época de mucho estrés por cargas de trabajo y familiares, sentía ansiedad y como no sabía gestionarlo ni comunicarlo me empecé a aislar. Fue una época de mucho sufrimiento escondido, no respiraba tranquila y mi mente no oxigenaba bien así que mi comportamiento cambió radicalmente cuando llegué a mi pueblo y me expuse a situaciones de riesgo. Me exigía a hacer cosas que no estaban a mi alcance, como “salvar el mundo”, me obsesionaba con la naturaleza y como no estaba bien con el resto de las personas, tampoco con mi familia, me escapé la noche del 5 de julio del 2020 descalza por medio del bosque iluminada por una luna llena que nunca había visto brillar tanto. Estuve 12 horas andando hasta que pedí el teléfono a un señor que pasaba por allí para ver si podía llamar a mi madre. Vinieron a buscarme y cuando llegué a casa los profesionales sanitarios de la ambulancia me hicieron unas preguntas y me llevaron al hospital. Recuerdo estar sentada en una silla de ruedas con una pulsera que ponía mi nombre y allí supe que me ingresarían. Estuve en la sala de espera con gente que parecía tener problemas psicológicos, incluso vi a un chico en una sala con las manos ligadas y chillando. No sabia como ayudarle así que lo escuché hasta que me dijeron que en aquel sitio no podía estar, y al poco rato me llevaron a una habitación con una camilla, me hicieron el test para asegurarse que no tenía COVID, y la enfermera me confesó que quizá había manifestado una fase maníaca pero no había un diagnóstico claro. Recuerdo estar muchas horas en aquella camilla mirando paredes blancas y sin nada que pensar. Al cabo de unas horas, o así percibí el tiempo, me llevaron a la residencia psiquiátrica. Durante aquellos días dormí mucho, comí bien, me dieron la medicación, hice yoga y conocí a un chico muy simpático. Al salir de allí a los 15 días lo primero que hice fue llorar, pero no lo suficiente. Poco a poco me fui recuperando, hice terapia y al cabo de un tiempo conseguí formar un grupo de música que se llama néctar. Al poco tiempo cursé el CFGS de Promoción de la Igualdad de Género i ahora estoy estudiando naturopatía, medicina integral. A día de hoy soy una nueva Marta, como si todo lo que he ido superando me llevara al camino de la felicidad profunda, que también tiene sus altibajos. No solo me siento realizada, sino que me siento preparada para cualquier cosa dentro de unos límites sanos. A quien haya pasado por una situación parecida a la mía, le diría que el camino no es fácil, pero hay camino. La vida te pone a prueba y si consigues superarte día a día, así como reconocerte vulnerable, quererte, y aceptando la ayuda de los demás, puedes conocer la verdadera resiliencia. Sólo confía en ti y en las personas que te quieren. Cuando haya pasado todo te darás cuenta del valor que tiene la vida y lo afortunado o afortunada que eres de estar viva. Apreciaras los detalles más simples pero grandes de significado, porque el mundo es más pequeño de lo que creemos, y nosotros, al fin y al cabo, también. Solo es cuestión de darse cuenta de que, en aquel gesto, mirada, palabra, se esconde el regalo más bonito de la humanidad. Es decisión de cada uno promover el miedo a través del odio, o reivindicar el amor y la salud mental por encima de todas las cosas. Para mi ser mujer significa ser coherente con mi propia naturaleza. Eso significa tener carácter y a la vez poder ser vulnerable con aquello que me hace ser sensible. El feminismo es una bandera que siempre llevo puesta como protección en un mundo masculinizado y dominado por hombres. No pretendo competir con el género opuesto, solo que se nos de la oportunidad de mostrar una versión más empoderada de nosotras, para llegar a altos cargos de poder o erradicar la violencia contra las mujeres en todas las partes del mundo. No seremos nunca del todo libres hasta que haya mujeres violadas, maltratadas o condenadas a una vida que no han escogido por el simple hecho de ser mujeres. Somos la voz de aquellas que no pudieron expresarla, así que la igualdad es justicia para ellas, para las que vendrán y para quienes piensen que el cambio también es (r)evolución.

Marta

Jamaica

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