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WOMEN

A  lo largo de la historia, la identidad femenina ha sido moldeada y limitada por construcciones sociales, culturales y políticas. Sin embargo, cada mujer vive su feminidad de manera única y personal. Este proyecto busca romper con las definiciones tradicionales y explorar las múltiples dimensiones de lo que implica ser mujer en el mundo contemporáneo, cuestionando los roles y expectativas que han sido impuestos, y enseñando la diversidad de experiencias.

Proyecto hecho en colaboración con la Creu Roja y la Fundació Magone

Marta

Me diagnosticaron un brote psicótico a los 21 años. Durante aquella época de mucho estrés por cargas de trabajo y familiares, sentía ansiedad y como no sabía gestionarlo ni comunicarlo me empecé a aislar. Fue una época de mucho sufrimiento escondido, no respiraba tranquila y mi mente no oxigenaba bien así que mi comportamiento cambió radicalmente cuando llegué a mi pueblo y me expuse a situaciones de riesgo. Me exigía a hacer cosas que no estaban a mi alcance, como “salvar el mundo”, me obsesionaba con la naturaleza y como no estaba bien con el resto de las personas, tampoco con mi familia, me escapé la noche del 5 de julio del 2020 descalza por medio del bosque iluminada por una luna llena que nunca había visto brillar tanto. Estuve 12 horas andando hasta que pedí el teléfono a un señor que pasaba por allí para ver si podía llamar a mi madre. Vinieron a buscarme y cuando llegué a casa los profesionales sanitarios de la ambulancia me hicieron unas preguntas y me llevaron al hospital. Recuerdo estar sentada en una silla de ruedas con una pulsera que ponía mi nombre y allí supe que me ingresarían. Estuve en la sala de espera con gente que parecía tener problemas psicológicos, incluso vi a un chico en una sala con las manos ligadas y chillando. No sabia como ayudarle así que lo escuché hasta que me dijeron que en aquel sitio no podía estar, y al poco rato me llevaron a una habitación con una camilla, me hicieron el test para asegurarse que no tenía COVID, y la enfermera me confesó que quizá había manifestado una fase maníaca pero no había un diagnóstico claro. Recuerdo estar muchas horas en aquella camilla mirando paredes blancas y sin nada que pensar. Al cabo de unas horas, o así percibí el tiempo, me llevaron a la residencia psiquiátrica. Durante aquellos días dormí mucho, comí bien, me dieron la medicación, hice yoga y conocí a un chico muy simpático. Al salir de allí a los 15 días lo primero que hice fue llorar, pero no lo suficiente. Poco a poco me fui recuperando, hice terapia y al cabo de un tiempo conseguí formar un grupo de música que se llama néctar. Al poco tiempo cursé el CFGS de Promoción de la Igualdad de Género i ahora estoy estudiando naturopatía, medicina integral. A día de hoy soy una nueva Marta, como si todo lo que he ido superando me llevara al camino de la felicidad profunda, que también tiene sus altibajos. No solo me siento realizada, sino que me siento preparada para cualquier cosa dentro de unos límites sanos. A quien haya pasado por una situación parecida a la mía, le diría que el camino no es fácil, pero hay camino. La vida te pone a prueba y si consigues superarte día a día, así como reconocerte vulnerable, quererte, y aceptando la ayuda de los demás, puedes conocer la verdadera resiliencia. Sólo confía en ti y en las personas que te quieren. Cuando haya pasado todo te darás cuenta del valor que tiene la vida y lo afortunado o afortunada que eres de estar viva. Apreciaras los detalles más simples pero grandes de significado, porque el mundo es más pequeño de lo que creemos, y nosotros, al fin y al cabo, también. Solo es cuestión de darse cuenta de que, en aquel gesto, mirada, palabra, se esconde el regalo más bonito de la humanidad. Es decisión de cada uno promover el miedo a través del odio, o reivindicar el amor y la salud mental por encima de todas las cosas. Para mi ser mujer significa ser coherente con mi propia naturaleza. Eso significa tener carácter y a la vez poder ser vulnerable con aquello que me hace ser sensible. El feminismo es una bandera que siempre llevo puesta como protección en un mundo masculinizado y dominado por hombres. No pretendo competir con el género opuesto, solo que se nos de la oportunidad de mostrar una versión más empoderada de nosotras, para llegar a altos cargos de poder o erradicar la violencia contra las mujeres en todas las partes del mundo. No seremos nunca del todo libres hasta que haya mujeres violadas, maltratadas o condenadas a una vida que no han escogido por el simple hecho de ser mujeres. Somos la voz de aquellas que no pudieron expresarla, así que la igualdad es justicia para ellas, para las que vendrán y para quienes piensen que el cambio también es (r)evolución.

Marta

Te dicen que tienes un bulto. Que es maligno. Y, de pronto, un abismo se abre bajo tus pies. El miedo y la incertidumbre son reales. Pero también lo son mi fuerza y mi determinación. Nunca me ha gustado mostrarme vulnerable. Me protegía detrás de una sonrisa, de la energía, del “yo puedo con todo”. Pero esta vez no pude esconderme. Y hacerme estas fotos fue como romper una coraza. Me costó. Me dolió mirarlas. Al principio no me reconocía. No me gustaba lo que veía. Pero luego entendí que esa imagen también soy yo. Que esa mirada sin pelo, con cicatrices, con cansancio… habla de todo lo que he atravesado. Y también de todo lo que he sostenido. El diagnóstico y los tratamientos traen consigo muchos duelos silenciosos, más allá de la pérdida del pelo: la energía que se escapa, la libertad que se reduce, los proyectos que se detienen, la alegría que se apaga, la seguridad que se tambalea… Y, en su lugar, llegan las náuseas, las llagas, las irritaciones, los orzuelos, el dolor, el insomnio, los sofocos, la niebla mental, el agotamiento, el miedo. En España, en 2024, se estima que se diagnosticarán 36.395 nuevos casos de cáncer de mama. Es el tipo de cáncer más común entre las mujeres. Pero hay esperanza: la tasa de supervivencia a cinco años es del 82,8 %. Y, si se detecta a tiempo, supera el 99 %. Como sociedad, tenemos que aprender a mirar esta enfermedad de frente. A dejar de temerla o esconderla. Y debemos aprender a acompañar. Porque atravesar el cáncer no es solo cuestión de tratamientos: también es cuestión de abrazos, de silencios compartidos, de saber estar sin juzgar, sin exigir, sin minimizar. Acompañar de verdad puede ser el acto más humano y más curativo. Hoy, sin pelo, me miro al espejo y ya no veo solo una enfermedad. Veo fuerza. Valentía. Paciencia. Resiliencia. Y un amor propio que no deja de crecer. Porque la verdadera fuerza no está en lo que perdemos, sino en todo lo que decidimos seguir siendo.

Neus

He estado casada casi 40 años con un hombre alcohólico. Me casé muy joven, pensando que cambiaría. Nunca lo hizo. Aunque no fue infiel de forma evidente, mantenía relaciones por internet. Me sentí traicionada y cada vez más sola. Durante mucho tiempo, no quise ver lo que estaba viviendo. Me refugié en mis hijos, en el trabajo, en mi rutina. Pero ya no podía más. La pandemia fue un punto de inflexión. Vi con claridad que no podía seguir así. Una vez me golpeó delante de nuestro hijo. Él reaccionó, lo tiró al suelo, y le gritó que nunca más me tocara. Años después, mi marido negó todo. Yo le recordé lo que pasó. Fue doloroso. Pero también fue el principio del fin. Hoy vivo con mi padre, que no me golpea, pero es autoritario y misógino. Me siento obligada a cuidarlo. Tengo hermanos, pero no cuento con ellos. Vivo en mi propia casa, y sin embargo, me siento prisionera. No tengo libertad para rehacer mi vida. No puedo llevar a nadie. Me cuesta. Pero sigo teniendo esperanza. Tengo 61 años. No busco nada material. Solo quiero a alguien que me quiera bien. Que me cuide, que me mime un poco. Siempre he sido fiel. No solo en pareja, también con mis amigas, mis vecinos, mi gente. Me doy entera. Solo quiero que me quieran como yo quiero. Poco a poco he aprendido a poner límites. En el trabajo, si alguien me grita, a veces me afecta demasiado. Pero ya no lo dejo pasar. Si mi padre me grita, me levanto y me voy. No grito, no discuto. Me voy. He aprendido que no quiero más violencia en mi vida. A veces pienso que esta etapa con mi padre es para aprender algo más. Tal vez paciencia. Aunque después de 40 años, creo que ya he sido bastante paciente. Tengo dos hijos maravillosos. A mi hija siempre le digo: “No repitas mi historia”. Quiero romper este círculo de maltrato que ha pasado de generación en generación. No sé por qué no me fui antes. Quizá no era el momento. Cuando lo hice, me fui con una maleta, diez fotos y dos pares de bragas. Pero eso fue suficiente. Porque por fin me elegí a mí.

Loryex

Mi abuela, de orígenes dominicanos, se vio obligada a huir de su tierra a causa de una dictadura. Llegó a Venezuela, donde crió a mi madre. Años después, mi madre conoció a mi padre, que es colombiano. Por los transcursos de la vida, con cinco años de edad, nos mudamos a otro continente. Pasé parte de mi niñez y de mi adolescencia en Manresa, una ciudad a cuarenta y cinco minutos de Barcelona. ¿De dónde soy? ¿A dónde pertenezco? ¿De dónde me siento? Soy una mujer racializada y, a estas alturas, siento que simplemente soy del mundo.

Diana

Nací en Moscú en 1980, en una familia de científicos, en plena época de la Perestroika. Mi infancia en Rusia está llena de recuerdos luminosos: la guardería del barrio, el pañuelo rojo de los pioneros, las actividades extraescolares gratuitas, el cine, el circo y el teatro con mis abuelos. Recuerdo también los veranos en el campo, los huertos, la pesca, los campamentos universitarios y los largos viajes familiares. Cuando era muy pequeña, mi padre fue destinado al servicio militar a Kamchatka. A su regreso había formado otra familia y desapareció de mi vida, junto con mis abuelos paternos. Mi madre volvió a casarse y nació mi hermano. Mi segundo padre, hijo de exiliados españoles, marcó mi vida con su inteligencia, su humor y su historia atravesada por la guerra y el exilio. A los once años, lo que creí que sería un viaje de verano a España se convirtió en una mudanza definitiva. Dejé atrás mi vida en Moscú sin despedidas. Aprendí español haciendo deberes junto a mi madre y atravesé años de soledad, acompañada sobre todo por un perro que llegó desde Rusia escondido en un gorro de piel. A los dieciséis años conocí a Dani, mi primer amor, con quien compartí más de dos décadas. Estudié Medicina y, buscando nuevos horizontes, me trasladé a Barcelona para formarme en Cirugía Plástica. Allí encontré mi lugar profesional, en el Hospital de Bellvitge, donde sigo trabajando hoy. A los treinta y tres años fui madre de Lucía. Poco después, la vida me sorprendió de nuevo con un amor inesperado: Javier, un hombre quince años mayor, con enfermedad de Parkinson, creativo y apasionado, con quien inicié una nueva etapa. Juntos formamos una familia reconstruida, compleja y viva, donde el amor fue creciendo entre hijas, hermanas y nuevos vínculos. En los últimos años perdí a mi padre de forma repentina, mi madre se mudó a Barcelona y mi hermano formó su propia familia. Hoy vivimos cerca, casi por azar, compartiendo calle, vida y afectos. En mi casa también viven dos gatos, dos conejos y la tortuga Lourdes, que tiene su propio templo. "Y colorín colorado, este cuento NO ha acabado".

Carol

No he tenido una vida muy diferente a otras mujeres. Estudias, trabajas, te casas, tienes hijos, te divorcias y vives… Todos me dicen que soy una mujer fuerte y no entiendo muy bien por qué. He llegado a la conclusión que una mujer fuerte es la que es valiente porque no se rinde ante los clichés sociales, la que tiene determinación y lucha por su felicidad contra las adversidades, es la que está para sus amigos, para su pareja y sus hijos, aunque una esté hecha polvo y quiera esconderse bajo su caparazón. En mi caso he luchado por no decidir entre ser madre y profesional. Yo soy una MAMÁ de 2 hijos maravillosos, soy DIRECTORA de una multinacional en una posición global que exige tiempo y dedicación, soy MUJER que requiere su tiempo para sí misma, soy AMIGA y soy PAREJA que necesita amar. Y no decido ser solo una cosa. Lo quiero todo porque es lo que me hace feliz. Y ya está. Decido ser todas a la vez y aprender a gestionar el tiempo de la manera más eficiente posible. Y se llega a todo. Pero una mujer fuerte es también sensible y necesita ser cuidada. Decidí divorciarme hace unos años cuando vivía en Alemania con mis hijos adolescentes. Ha sido el peor momento de mi vida. Me quedé sola, sin red social en el país debido al Covid, con un trabajo muy exigente, con una jefa que me hacía la vida imposible y con dos niños que sufrieron las consecuencias de una pandemia en un país extranjero y una separación involuntaria. Y caí. Me hundí. Toqué fondo. Me levanté. Y me levanté. Si caes te levantas, si caes te levantas, si caes te levantas, una y 1000 veces. No hay excusas y no tenía dudas de que eso era lo que se debía hacer. ¿Y ahora? Sigo siendo yo, fuerte y sensible, pero más sabia, manteniendo los mismos valores de determinación, trabajo, valentía y con la misma actitud positiva y luchadora, reconociendo a los amigos de verdad y a los que me han cuidado pase lo que pase, y lo más importante, creyendo en mí. Y hoy sigo siendo MAMÁ, DIRECTORA, AMIGA y PAREJA. Sigo siendo fuerte y sensible. Sigo siendo yo. ¿Mi mayor aprendizaje? Una vida tiene muchas vidas y yo sigo amando infinitamente y genuinamente a los míos. Sigo siendo una mujer fuerte, sensible, y feliz.

Sandra

Tal vez no tengamos un concepto concreto de lo que es mujer, pero con plena certeza puedo decir desde mi punto de vista más personal, que es el ser que aprendió a crecer en una familia, donde lo único que se muestra son valores de la vida, basados en la felicidad y unión, que por circunstancias de la vida aprendió a madurar y comprender que las mujeres estamos hechas para visualizar la paz interior y el amor incondicional de las demás personas con ella, pero que cuando la vida te arrebata sin ningún sentido, tienes que aprender a comprender que la mujer es un ser lleno de fragilidad y frustración. Que no importa el número de amor que vas cumpliendo, con el pasar del tiempo lo que importa es el cómo, cuándo y con quién has hecho que ese día sea el día más especial y el importante para tu vida. Que la mujer, por decisión propia, tiene la elección de ejercer el papel de madre, madre de dos seres maravillosos, que cada día dejan un aprendizaje para ella, explorando ambos mundos de un niño y una niña, llenos de experiencias vivenciales, aprendiendo a involucrar el sentimiento y la razón para formar dos seres humanos que aporten de la mejor manera a la sociedad. Que por deseo propio anhela que sean personas de bien con la estructura actual de la familia, donde madre e hijos ya son familia, y de donde se afronta con tenacidad sacar dos hijos adelante desde la distancia, teniendo que asumir en su vida el papel de padre para ellos. Que la sociedad cuestione y juzgue eso no le afecta. Ella hace del amor toma la decisión de arriesgarme a dejar la mujer trabajadora, madre, hija, hermana, amiga, allí en un lugar donde los recuerdos han de estar guardados con seguridad y amor. Para hoy llegar a ejercer el papel de mujer independiente, solitaria y callada, llena de sueños, anhelos y mis cosas intactas, no solamente para ella sino por el contrario para esos dos seres.

Roser

Roser nació en el Campet de Joanetes en 1924 y ha vivido toda su vida en la misma casa, arraigada a la tierra y al trabajo del campo. Desde muy joven asumió responsabilidades que marcaron su camino: cuidar de la familia, del ganado y de los enfermos, en una época dura, sin recursos ni ayudas sociales, atravesada por la guerra y la posguerra. Fue hija única y aprendió pronto a moverse en un mundo donde las mujeres sostenían la vida sin reconocimiento. Trabajó, crió a sus hijos, cuidó de su madre durante años, de sus tías y de su marido hasta el final, combinando fortaleza, constancia y una profunda capacidad de entrega. A lo largo del siglo vio transformarse la vida rural: la llegada de la luz, de las máquinas, de nuevas comodidades, pero también la pérdida de costumbres, de comunidad y de presencia humana en el campo. Su historia es la de muchas mujeres invisibles que hicieron posible la supervivencia de generaciones enteras. Hoy, a los cien años, Roser sigue siendo memoria viva. Su vida no habla de hazañas espectaculares, sino de resistencia cotidiana, cuidado y dignidad. Una mujer que, sin levantar la voz, sostuvo el mundo a su alrededor.

Lara

Esta soy yo. Enraizada, pero en movimiento. Aire constante que fluye a través de las estaciones. Como esas manos dulces de brisa y firmes de tormenta que han ido moldeando mi existencia. He conocido inviernos largos. Ausencias que dejaron silencio donde antes latía un hogar. Y, aunque esas tempestades arrancaron a golpes las hojas de mis ramas, el árbol se mantuvo firme y sus raíces, bien ancladas. Hoy sé mirar la luz primera de la mañana, la fragilidad de lo pequeño, la risa de mis hijos y las manos amigas que me sostienen sin hacer ruido. He aprendido que lo bello es sencillo, que la paz se cultiva, que el amor, cuando es sincero, siempre encuentra la forma de quedarse. Y ahora camino sin miedo a perder hojas, porque después de la tormenta la savia seguirá brotando. Porque soy movimiento. Porque soy raíz y viento.

Marta

El dia comença d’hora. Entre esmorzars i motxilles, el violoncel em mira des del racó. No és un hobby: és la meva feina i, d’alguna manera, la meva pell. Quan toco, el soroll del món es dissol. Però la vida no s’atura: assajos, bolos, escola, deures… Tot encaixa com pot. Ser mare m’ha fet tocar diferent. Potser amb més urgència, potser amb més veritat. La música no és només bellesa; també és cansament, disciplina i un punt d’obstinació. Sóc música i sóc mare. I no penso renunciar a cap de les dues coses.

Claudia

Tengo 22 años, he pasado una parte de mi vida luchando por vivir y la otra disfrutando de la vida, repartiendo cariño, ilusión y amor por donde paso. Siendo pequeña, me detectaron una leucemia que superé gracias a mi fortaleza y los equipos médicos que me ayudaron. La mala suerte hizo que sufriera un ictus afectando la parte izquierda de mi cuerpo, que también supere y aunque con secuelas siempre estoy dispuesta a vivir la vida que es lo que me hace feliz. Me gusta pintar, hacer deporte, nadar en la piscina o en la playa, jugar a videojuegos, escuchar música, por supuesto bailar, y también como actividad hago teatro con tres obras representadas … y un cortometraje. He practicado baloncesto, fútbol en el colegio y ahora un poco de atletismo, y disfruto asistiendo a deporte de competición, y espectáculos en vivo de todo tipo. Si tuviera que escoger mi actividad favorita sería “bailar”, en fiestas populares, discotecas, con mis amigos, con mi hermana Sofía a la que quiero mucho, y mis novios (uno en cada puerto) como no soy celosa no hay problema. Y esta es la pequeña historia de mi vida, luchando por ser feliz, espero seguir muchos años dando felicidad y amor a todos los que me rodean, mi hermana Sofía, mi Papa, mi Mama, primos y Tios, y todos los amigos que me aprecian y me ayudan cada día a superar las dificultades que surgen en mi camino.

Marta

Tengo 32 años y soy de Bellasur de Mar. Siempre he sido una persona extrovertida y abierta, con una forma de ser y de moverme por el mundo bastante particular. A los 17 años sufrí un accidente de tráfico que cambió profundamente mi vida. A partir de ese momento tuve que volver a empezar, aprender a vivir desde otra perspectiva y desde otra manera de mirar el mundo, tanto en un sentido literal como metafórico. Ese proceso no fue inmediato ni sencillo. Hubo un tiempo de preguntas, de no saber exactamente qué venía después ni cómo transitar ese camino. Desde hace seis años me dedico a la inclusión laboral de personas con discapacidad. Tomo mi propia experiencia como referencia, ya que incorporarme al entorno laboral muy pronto fue una parte fundamental de mi proceso de reconstrucción. Hoy trabajo para generar conciencia y sensibilización, tanto en empresas como en escuelas, y continúo vinculada a Halotex, una empresa textil de diseño y moda. Siempre voy acompañada de mi perro guía, Reagan. Me gusta el deporte, la aventura y la montaña. Espacios donde el cuerpo, el movimiento y la confianza vuelven a ocupar su lugar.

Mariam

Mi sueño era sencillo, como el de cualquier chica de mi edad: terminar mis estudios, alegrarme con mis logros, vivir mi juventud y sentirme yo misma. Pero el destino tenía otros planes para mí. Cuando llegamos a España con mis padres, yo tenía casi 16 años. Decidí no rendirme. Me repetía a mí misma: “Sí, dejé un sueño atrás… pero quizá aquí pueda encontrar uno nuevo.” Comencé a aprender español, intenté adaptarme, entender las clases, convivir con la gente… Pero la vida era dura. No solo por el idioma, el sistema o la soledad. Lo más difícil estaba dentro de mí: la nostalgia, el desarraigo, la presión… y la responsabilidad. Intenté empezar de nuevo más de una vez, pero cada intento terminaba en lo mismo: la realidad era más fuerte que yo. No lograba encontrarme ni en los cuadernos… ni en las aulas. Cada mañana llevaba a mi hermanita a la guardería. En esa misma calle, había un chico que trabajaba en una barbería. Me veía pasar todos los días, y con el tiempo, su mirada se volvió palabra. Se me declaró. No sé si estaba preparada. No sé si lo amaba. Solo sé que estaba cansada… cansada de luchar sola. Quería un descanso, un abrazo, un hogar donde sentirme segura. Y me casé con él. Ahí comenzó otra vida… pero no era la que yo había soñado. Me convertí en esposa, madre, ama de casa. Mis días eran cocina, limpieza y cuidados. El tiempo se escapaba entre la escoba y el biberón. Sí, formé una familia… pero me perdí a mí misma. Pero no todo está perdido Pasaron los años… Y aunque mi vida giraba en torno al hogar, algo dentro de mí seguía vivo: ese sueño, esa voz suave que me susurraba: “Todavía puedes hacer algo por ti.” Un día cualquiera, mientras preparaba la comida y los niños jugaban, me miré al espejo. Ya no era aquella niña asustada que llegó a este país… Era una mujer. Con cicatrices, sí… pero también con fuerza. Con historia. Me dije: “Tal vez no pude cumplir mi primer sueño, pero aún tengo tiempo para soñarme diferente.” Volví a estudiar, desde casa, a mi ritmo. Volví a leer, a escribir, a aprender. Estudiaba cuando todos dormían, o entre tarea y tarea. No fue fácil. Pero entendí algo: Aunque el destino cambie el camino… el deseo de crecer nunca muere.

Lola

I, de sobte, m’arriba la Mònica Das Neves i em posa davant la seva càmera, que esdevé el mirall meu. Endevino, amagada sota la pell malmesa, la nena que mai no dimiteix. Accepto a contracor les arrugues, testimoni dels anys viscuts, amb risc, amb esperança… Sí, ja sé que viure és provar-ho infinites vegades. (Màrius Sampere) Sento, (post)sento el temps pretèrit conduint, reconduint, la vida i torno a passar pel cor memòries que m’inunden els ulls. Em llegeixo als llavis el manat de propòsits que il·lusiono. Estimo tant la vida que la faig meva moltes vegades. (Montserrat Abelló) Intueixo en cada gest l’encant de l’amor que em vertebra. Ferm com la tendresa. Generós com l’alegria. Ja, de cop, sóc a l’indret on neixo, cada vegada, que és on mai no es toca fons. (Joan Vinyoli) Envelleixo. Sí. Em faig gran sense que em limiti la pell. Miro a la càmera… Torno a recórrer el laberint on filo els meus somnis. — Ei, Mònica: guarda’m aquest moment. Me’n parlaràs un dia. (Feliu Formosa)

Josi

Des de jove tinc la tendència a preocupar-me per les persones empobrides, marginades, en situacions més vulnerables… Sento la necessitat de fer-ho. Necessitat o obligació moral… És com un manament intern. D’on em ve això? Potser de la formació cristiana que sempre em va inquietar. «És més fàcil que un camell passi pel forat d’una agulla que un ric vagi al cel.» Vaig deixar conscientment la religió. Vaig militar un temps en un partit polític. Un dia, una psicoterapeuta em va dir: «No serà que tu et sents una persona marginada?» Hi ha vegades que m’he buscat excuses per justificar-me a mi mateixa mirar cap a un altre cantó. Mala consciència. Altres vegades he volgut seguir la “crida” d’aquest manament i he tingut por. O m’hi he llençat amb entusiasme i impaciència. Em faig l’heroïna? Fins a quin punt m’importa la imatge que dono als altres? En una època fosca de la meva vida vaig posar aquesta necessitat davant meu, me la vaig analitzar cara a cara. Vingués d’on vingués, vaig decidir conscientment que l’acceptava com un objectiu, un motiu de vida fonamental per a mi. Té sentit viure si és per contribuir a fer un món més just. I això passa per preocupar-se per les persones més empobrides. Aquesta decisió em serveix, em calma, m’orienta. És per a mi, per tranquil·litzar la meva veueta interior. Sovint, però, m’he de treballar un altre aspecte: això és una opció meva, no és la “gran i única veritat correcta”. No tinc cap dret a pensar que les altres persones han de funcionar marcant les mateixes prioritats. Respectar, acceptar, valorar les opcions dels altres. Però… totes???

Encarna

Nací en un pueblo de León donde las oportunidades de futuro eran escasas. Con apenas 18 años, tomé la decisión de venir sola a Barcelona. Era joven y tenía muchos sueños por delante. No fue fácil. Durante los primeros meses de mi llegada viví con unos familiares que se aprovecharon de mí: lo poco que ganaba se lo quedaban ellos. Entonces conocí a mi marido. Solo pasaron cuatro meses desde que nos conocimos y decidimos casarnos para no depender de la familia. Fue rápido, pero lo suficientemente sólido como para sostener una vida en común que perduró más de 50 años, hasta su fallecimiento. He tenido tres hijas. Como tantas mujeres de aquella época, dejé de trabajar para dedicarme a la familia, dependiendo económicamente de mi marido, porque así lo marcaba la sociedad de entonces. Sin embargo, supe sostener un hogar, educar, cuidar y dar lo mejor de mí misma. Hoy, a mis 93 años, mi vida es testimonio de una generación de mujeres que hizo posible que mis hijas hayan tenido un camino más libre y lleno de oportunidades. En estos momentos dependo de ellas y siento orgullo y tristeza al mismo tiempo, sabiendo que el tiempo corre contra mí.

Emma

Tenia vuit anys, vaig veure com un adult li feia a una nena, de dos anys, el mateix que a mi ... van passar molts anys abans de recordar-ho. Ara em sento com si hagués sortit de l'armari.... forta i vulnerable alhora. Trencar el silenci em col•loca al lloc adequat. Ja no puc dissimular el que no m’agrada. Parlar em fa lliure. És temps de lluitar... contra el patriarcat, que encotilla tant als homes com les dones .... .... i, sobretot, contra el SILENCI Un de cada cinc nens (85% nenes) han estat abusats sexualment abans dels 17 anys .... la majoria en l'entorn familiar ... les nenes de 13 a 17 anys en mans de les seves primeres parelles .... la majoria no ho dirà fins després de molts anys... la majoria no tindrà teràpia....... Quant de silenci!!! Parlem

Liudmyla

Nací en Rusia en 1968 en una familia amorosa e inteligente. Recibí una educación buena y, lo más importante, una crianza y modales buenos. Estudié mucho, practiqué deportes y siempre intenté alcanzar cualquier objetivo deportivo dando siempre más del 100% de mí. Esto aumentó mi resistencia y mi fuerza tanto física como mental. En 1990 me casé y me mudé a Ucrania. Mi personalidad consciente se formó en este país maravilloso. Me convertí en madre y construí una carrera como contable hasta llegar a ser contadora jefe. Descubrí el mundo de la danza del vientre. En la danza siento mi libertad interior. Disfruté de una vida familiar maravillosa. En 2022 llegué a España debido al estallido de la guerra en Ucrania y porque necesitaba ayuda con el tratamiento oncológico. A veces esto pasa en la vida, lo más importante es aceptar la enfermedad y tú condición nueva. Pude hacerlo gracias al apoyo de mis seres queridos. Y así comenzó una etapa nueva en mi vida. Empecé a aprender español para entender y comunicarme con la gente española. Para mí son personas bonitas: sociables, generosas y dispuestas a ayudar. Aquí he descubierto una cultura nueva, tradiciones nuevas, tipos de baile ('country' y tango argentino). En 2024 participé en el concurso ‘Dance Factory’ en España con mí danza del vientre. Aquí en Barcelona siempre encuentro personas que me apoyan y están dispuestas a ayudarme. Mi familia siempre está en mi corazón. Todo esto fortalece mis fuerzas fuera de casa. Estoy agradecida a Dios por la vida que tengo y por esta oportunidad de vivir en este hermoso país soleado.

Michelle

Siempre lo sentí. Siempre me identifiqué como mujer. Fui mi propia arquitecta y hoy veo a la mujer que soy en cada espacio de mi ser. Durante mucho tiempo busqué información, historias, otros casos. No era curiosidad: era la necesidad de entender que no estaba sola. La primera persona con la que hablé fue mi madre, y ella ya lo entendía incluso sin palabras. ¿Diría que ha sido un camino fácil o complicado? No ha sido fácil. Requiere una preparación mental constante para no caer, para no perder de vista quién eres. Para no abandonar el objetivo. A quien esté pasando por lo mismo le diría que no deje de soñar. Que todo fluye a nuestro favor cuando tenemos claro quiénes somos. Que es un camino lleno de emociones y de momentos intensos, pero que al final no somos débiles. Somos muy fuertes por el simple hecho de vivir nuestra vida.

Erika

Llevo nueve años viviendo en Barcelona. Soy de nacionalidad hondureña y tengo 28 años. Siendo madre soltera, me vi con la necesidad de viajar fuera del país. No sabía si ir a Estados Unidos o a España. Un día, hablando con mi madre, le comenté que necesitaba su apoyo: si ella cuidaba de mi bebé, yo estaba dispuesta a salir del país para darle un mejor futuro a mi hijo. Me dijo que lo pensara unos tres o cuatro días. Pasado ese tiempo, me llamó y me dijo que tenía que ir a casa, que el viaje era en pocos días. Sin tiempo para reaccionar ni pensarlo mucho, le dije que sí. Dejé el trabajo sin previo aviso, cogí mis pocas cosas y me despedí de mi familia. Fue una decisión muy difícil, pero con el propósito de salir adelante y traer a mi hijo en cuanto pudiera, no lo dudé. La única información con la que contaba era que iba a Barcelona. Llevaba una pequeña guía con cuatro preguntas sobre lo que me podían preguntar en migración, con muchos nervios e incertidumbre, y con el miedo de que la chica que me iba a recoger me dejara tirada. Todo salió bien. Me llevó a una habitación donde, para mi sorpresa, éramos siete chicas del mismo país, incluso del mismo pueblo, ya que todas veníamos por la misma vía. Una señora nos cobró alrededor de 4.000 euros, entre pasaje, habitación y 800 euros para demostrar que podíamos subsistir los días de vacaciones que supuestamente veníamos a pasar. Unas se adaptaban mejor que otras. En mi caso, tuve que no mirar atrás, ya que mi objetivo principal era trabajar lo más pronto posible para pagar el dinero del viaje y ayudar con el sustento de mi familia. En enero de 2017, teniendo ya dos meses en Barcelona, un compañero de piso nos comentó que había un trabajo de interna 24 horas, desde el domingo a las 9 p. m. hasta el viernes a las 7 p. m., con un salario de 700 euros. Éramos tantas chicas que no sabía a quién darle el trabajo, y decidió dármelo a mí. Empecé ese mismo mes de enero, sin saber cómo ni qué iba a hacer. Fue una experiencia muy difícil, pero con mucho aprendizaje. Pasaron dos años y el abuelo al que cuidaba falleció. Quedé en contacto con la familia y me recomendaron para nuevos trabajos. Mientras tanto, con muchas ansias de ver a mi hijo y a mis padres, esperé los tres años necesarios para poder pedir un contrato de trabajo. Extrañando a mi familia, entre tanta soledad, encierro y ocupaciones, mi mente y mi cuerpo lo estaban notando. Continué trabajando como interna con otra señora. En 2020 pude viajar a mi país para ver a mi hijo y a mi familia, con la decisión de traer a mi hijo y comenzar una nueva vida juntos. El primer año fue difícil, tanto para él como para mí. Hablábamos y él sabía que yo era su madre, pero para él sus padres eran sus abuelos. Poco a poco nos fuimos adaptando el uno al otro. En 2024 me encuentro con la ilusión de un nuevo miembro en la familia: otro bebé, Liam. Mis hijos son mi motor para seguir adelante. Ha sido difícil, ya que con el embarazo la ansiedad y la depresión tomaron lugar en mi vida, pero poco a poco he comprendido que soy y puedo ser mejor cada día. Sé que, así como yo, hay muchas otras madres con ansiedad y depresión. Debemos tener solidaridad y entender que las madres pueden agotarse, deprimirse y estar tristes, y que tenemos derecho a llevar las cosas como a cada una nos vaya mejor. Superar miedos es parte del proceso de la vida y no podemos ser juzgadas por ello.

Marta

Me encantan las historias de vida, me encantan los cuentos, las novelas, las películas, los viajes, saber de las personas, porque como dice un precioso proverbio maorí: “Si me preguntas cuál es el tesoro más grande, yo te responderé: son las personas, son las personas, son las personas”. Y sí, lo dice tres veces, porque se trata de una fórmula mágica, de un sortilegio poderoso. Mi historia…, ¡qué difícil me resulta!, eso de parar y “verme, mirarme, pensarme”, tanto me aferro al presente, a disfrutar de la vida, siempre activa y activada, “dándolo todo”, soy energía. Difícil hablar de lo que soy, estamos acostumbrados a explicar lo que hacemos. Es más fácil hablando, conversando, por escrito cuesta. Pero la ocasión lo merece, es una oportunidad para expresarme como mujer, con mi retrato, con mirada de artista, con mis palabras, con mi esencia. Me siento afortunada de ser la mujer que soy, gracias a cómo me he ido construyendo y me ha construido la vida. Una infancia tranquila y alegre, una madre y un padre presentes, buenas personas, que me educaron en el respeto, en el compromiso, en la estima. Estoy hecha de días de playa y de mar, de juegos en casa con mi hermano, de bicicleta y patines, de abuelas, de canciones del norte, de largas comidas familiares, de veranos en Chipiona, de visitas a Portbou, de mucho sentido del humor… ¡Es tan importante la infancia en la vida!, ¡Cómo nos marca para siempre! He construido mi identidad, soy como soy, por mi familia, mis amigos, por las personas que creen en mí, por mi barrio. Soy lo que he vivido y cómo lo he vivido, lo que recuerdo, lo que vivo en el ahora. Me gusta ser mujer y ser femenina, lo disfruto. Suena todo fácil y bonito, pero en cada vida hay un poco o un mucho de todo, también adversidad, he aprendido a afrontarla, a encontrar el equilibrio. Quizás tenga múltiples identidades, cambian, se adaptan, se transforman en relación con el mundo, las circunstancias y las personas. Soy mujer, pareja, madre, amiga, compañera, hija, hermana… El regalo más bonito ha sido ser madre, mi hijo. Siempre quise ser maestra y lo soy, una apasionada de la educación. La vida me pasa muy rápido, he tenido muchas reencarnaciones, cada etapa, cada trabajo, cada viaje… pero siempre siendo la misma mujer, responsable y formal, pero un tanto hippie, comprometida, con ilusión, con ganas, con energía, trabajadora, resolutiva, práctica, positiva, alegre, paciente, pero inquieta, aprovechando el momento y las oportunidades.

Valerie

Nací en Irán en 1959, en el seno de una familia francesa expatriada por el trabajo de mi padre. Fui una hija no deseada, llegada después de un hermano y una hermana, y perdí a mi hermana gemela in utero. Crecí marcada por una profunda falta de reconocimiento afectivo. Mi única figura de apego real fue mi niñera iraní, Marie, quien me ofreció un amor incondicional. Muy sensible, atípica, con dislexia y grandes dificultades escolares, fui durante mucho tiempo comparada, humillada e incomprendida dentro de una familia exigente. Esta infancia, atravesada por la vergüenza y la inseguridad, afectó profundamente mi relación conmigo misma y con mi cuerpo. En la adolescencia, una psicoterapia me permitió decidir no seguir sufriendo mi vida, sino elegirla. Aprendí primero a adaptarme al sistema escolar y después a liberarme de él. Me formé como enfermera, apasionada por el nacimiento y los misterios de la vida, y fui construyendo mi propio camino afirmando mi singularidad. Desde muy joven busqué sentido a través de la espiritualidad, el cuidado y la transmisión. Mi vida adulta estuvo marcada por experiencias intensas, entre ellas una primera relación amorosa profundamente sacudida por el descubrimiento de la seropositividad VIH de mi marido a finales de los años ochenta. En un contexto de miedo, secreto y estigmatización, elegí permanecer a su lado. Juntos atravesamos la enfermedad, la exclusión y la negativa institucional a formar una familia. A pesar de todo, un proyecto de maternidad fuera de lo común fue posible gracias a un acuerdo excepcional y profundamente humano. Me convertí en madre y poco después en viuda, sin arrepentimientos, consciente de haber actuado con amor e integridad. Más tarde me reconstruí, volví a casarme y fui madre de tres hijos. Desarrollé una actividad profesional reconocida en el acompañamiento al nacimiento, la sofrología y posteriormente en terapias psicocorporales y energéticas. Durante un tiempo, mi vida familiar y profesional pareció armoniosa y plena. Sin embargo, este segundo matrimonio derivó en un largo descenso a los infiernos: infidelidades repetidas, control psicológico, violencias sexuales y finalmente una deriva sectaria y manipulación mental. Durante meses viví el miedo, el aislamiento y la destrucción psíquica, bajo la mirada impotente de mis hijos. Fue necesario un inmenso trabajo de lucidez y supervivencia para protegerme, protegerlos y lograr finalmente la separación judicial. Hoy, libre y reconstruida, vivo con sobriedad pero en coherencia conmigo misma. Continúo mi camino como terapeuta, médium y ceramista, fiel a mi misión de acompañar a las personas en su proceso de sanación. Esta historia es la de una mujer que atravesó el abandono, la enfermedad, la violencia y la dominación sin renunciar jamás a su alma. Mi testimonio es una invitación a transformar las heridas en fuerza y a elegir, siempre, la libertad de ser una misma.

Haridian

Ando en este mundo con la cicatriz en la mirada Pareciera que pudo doler, pero no, no sentí nada No me dolió hundir las tijeras en mi ojo derecho, Tenía 5 vueltas al sol, no me había aprendido aún el nombre de mis padres Pero no, no sentí dolor, ni en el ojo ni en el pecho Nunca fue un problema para mí, lo fue para los demás Y aquí sí hubo dolor, mucho, en los ojos y en pecho y tuve que construirme una armadura a la edad más tierna Y me escondí, durante años detrás de este armazón maltrecho Se agrieta, filtrándose el dolor cuando ya no puedo más, Porque soy fuerte y mi coraza a veces también Pero debajo tengo el pecho donde mi corazón se esconde Yo seguía viva y feliz, porque las niñas son como los animales, tienen la capacidad de VIVIR en mayúsculas. Recuerdo los insultos y gestos de mis compañeros de escuela, De todos los centros a los que fui Me sentí forzada a cambiar los besos y abrazos que nacían de mi Por escudo y espada ¡Y cómo pesaban, joder, cómo pesaban! Luego vino todo lo demás, no hubo tregua, mi nido se vino abajo Y ya no tenía lugar para desnudarme y quitarme la armadura Pues todo era amenaza, fuera y en casa Y sentí mucho dolor, en el ojo y en el pecho Aun cursando primaria, me escapé de las garras de mi padre Y vinieron los Mossos d'Escuadra a buscarme, a agarrarme, querían encerrarme de nuevo en la jaula. Mamá luchó por mí como una fiera, sin tener medios, ganó la batalla Aprendí que el amor es la mejor de las armas y la mejor de las curas Y por fin, con mamá pude desnudarme, lavarme curarme y diseñar una nueva armadura para andar por la calle. Nunca me perdonaron por querer salvarme E intenté explicarlo una y mil veces Pero la armadura de mi padre no guardaba nada dentro Me costó 24 años comprenderlo Estuvo a punto de golpear mi cara, Pocos días después, mis llaves ya no encajaban, Cambió la cerradura de su jaula Y me dejó en la calle a mí y a mi hermano. Sin trabajo y sin techo. La cicatriz en mi ojo derecho me recuerda que pude y puedo Y cada vez que me miro veo a una guerrera en el reflejo Y esa soy yo, la del ojo raro, un ojo ciego que me ha permitido ver mucho más allá De las asquerosas corazas de los seres humanos Soy yo, Haridian, luz de Luna.

Rosa Maria

Des de joveneta m’ha agradat escriure. Ho feia per deixar constància de moments especials, d’emocions fortes i per aclarir-me en situacions difícils: escriure m’ajudava a plantejar la situació, reflexionar-hi i decidir què fer. Però eren escrits que no llegia ningú, eren exclusius per a mi. Ara aquest escrit sí que pot ser llegit per persones conegudes o desconegudes, persones que potser jutjaran els meus actes i sentiments. Però, ara això què importa? La meva vida no té res d’especial abans del 2021. Jo la qualificaria de feliç. Als 21 anys necessitava fugir de l’autoritarisme del meu pare i m’hi vaig casar, bojament enamorada, amb un noi dolç que sempre ha respectat la meva llibertat i que encara noto que m’estima. Després, un fill i una filla, 35 anys de classes a l’institut i la desitjada jubilació, que em regalava temps per a mi, per a fer el que feia temps volia: que em fessin classes. I vaig anar a classes de ball, de teatre, d’anglès, de francès... Fins que el 2021 arriben dues males notícies que em canvien la vida. La primera va ser al gener quan em diagnostiquen Parkinson, una malaltia de la qual només sabia que provocava tremolors. Ingènua! Que equivocada que estava! Però la pitjor notícia arriba al juliol, quan el meu fill i la meva jove ens truquen i plorant ens expliquen que la nena, que llavors tenia 9 mesos, és portadora d’una mutació genètica poc habitual anomenada Síndrome d’Usher i que té el tipus 1B, el més incapacitador. Ens expliquen entre sanglots què és: sordesa profunda i manca d’equilibri des del naixement i, a més, pèrdua progressiva de la visió fins a la ceguesa total en l’adolescència. Com s’entoma això? Llàgrimes sense fi, insomni, por, ràbia, impotència, desesperació... Temps foscos que van fer que jo no donés importància a la meva malaltia i que només pensés en la meva petita Bruna. Si hi ha un Déu, com és que és tan cruel i despietat que castiga nadons? No ens havien dit que Déu és compassiu, misericordiós, tot amor? Tot mentida! Per què a nosaltres? Després de mesos de veure-ho tot negre, l’Arnau i la Berta (el meu fill i la meva jove) ens mostren el camí: lluitar, lluitar fins a l’extenuació per fer conèixer la malaltia i trobar-hi una cura. Treballar sense descans per aconseguir fons perquè s’investigui l’Usher 1B. I aquesta lluita els salva de continuar caient, els dóna esperança, i a ells ens unim tota la família ajudant com podem. I mentrestant, jo també tinc la meva batalla particular, la que he de fer sola: intentar frenar l’avenç implacable i immisericordiós del Parkinson. La por de nou, ara a la dependència total, a robar la llibertat i el temps a algú que m’estima. Per això actuo en dos grups de teatre, canto en dues corals, faig ping-pong i estiraments, estudio anglès i francès... Lluitaré tant com pugui per frenar aquest monstre destructor que no sap què és l’amor. Però, contra l’Usher i contra el Parkinson jo sí que crec, com va dir Dante, en l’ “amor che move il sole e l’altre stelle”.

Adell

Jo no em rendeixo davant l’adversitat. Decideixo, cada dia, transformar-la. Quan la meva filla Bruna va néixer, res feia preveure que la nostra vida canviaria per sempre. Però ben aviat vam saber que no hi sentia. I mesos després, el diagnòstic: síndrome d’Usher tipus 1B. Una malaltia minoritària que volia prendre-li l’audició, l’equilibri… i la visió. D’entrada tot es va trencar. Però ella somreia. I aquell somriure va ser la meva reconstrucció. No volíem aquest camí. Però un cop dins, sabíem que no hi havia una altra opció que avançar. I lluitar. Per donar-li veu, força, eines. I, potser, un futur amb llum. Avui, a través de Save Sight Now Europe, treballem cada dia per curar la ceguesa infantil. Hem construït una xarxa de famílies, científics, metges, aliats. Perquè la recerca no s’aturi. Perquè cap infant hagi de créixer sabent que un dia deixarà de veure. Aquesta és la meva història. La nostra. I comença just aquí. Allà on comença la llum Va ser en aquell primer instant, quan la vaig tenir entre els braços, que ho vaig sentir amb tota la força: jo estaré amb tu, ara i per sempre. En aquell moment, encara no sabia quin camí ens tocaria recórrer. Només sabia que seria teu. Que seria nostre. I que faria tot el que estigués a les meves mans per acompanyar-te. Els primers dies van ser intensos, com per a totes les mares, però també estranyament silenciosos. La prova auditiva no “passava”. Ningú semblava gaire preocupat, però dins meu hi havia una remor, una intuïció. I el dia que ens van confirmar que no senties els sons aguts, una part de mi es va trencar. Els sons aguts són les consonants, les que donen forma al llenguatge. Les que permeten sentir el món quan aquest parla. Em vaig preguntar si mai podries escoltar les meves paraules dolces, les meves cançons, la música que et cantava abans que naixessis. Però el cop més dur va arribar mesos després, quan ens van dir que no era només l’audició. Era una malaltia genètica, una mutació heretada d’ambdós progenitors, una d’aquelles que s’anomenen rares, però que t’ho capgiren tot: la síndrome d’Usher tipus 1B. A més de la sordesa profunda, hi ha la manca total d’equilibri i la pèrdua progressiva de visió. La ceguesa infantil. La foscor que arriba, a poc a poc, mentre la vida tot just comença. Aquell dia, tot va caure. Tot es va congelar. I enmig d’aquesta glacera emocional, hi eres tu, Bruna. Tu que somrius, que observes, que abraces, que tens ganes de descobrir-ho tot. La teva vitalitat, el teu riure, la teva mirada... Tot en tu és llum. I va ser en tu on vaig tornar a néixer. Hem hagut de prendre decisions que cap pare ni mare hauria d’haver de prendre mai. Vam plorar mentre et preparàvem per a la teva operació, abans fins i tot que fessis el teu primer any de vida. Et van implantar dos dispositius coclears — un regal que t’ha obert les portes del món del so. I tot i el dolor, estem profundament agraïts. Agraïts a la ciència, per tenir opcions, per poder triar. Quina sort viure en un moment on tot això és possible — i poder-te oferir una audició excel·lent, i treballar colze a colze amb la teva logopeda cada setmana. Quina sort tenir un equip que ens acompanya, veure els teus avenços i comprovar com estimes la música, com cantes, com escoltes amb passió els contes que et llegeixo cada nit — en francès, en català, en castellà… Ets increïble. Ets llesta. Ets llum. Pel que fa a l’equilibri, però, no hi ha solucions mèdiques. Només hi ha la feina. La teva, cada setmana. I la meva també — per ser al teu costat, perquè et sentis acompanyada, i per aprendre tot el que pugui per ajudar-te a créixer forta i segura. Ens hem endinsat en l’oftalmologia, en la recerca, en les teràpies gèniques, els assaigs clínics, els criteris d’avaluació… Hem creat les estructures que calien. Hem construït i liderem Save Sight Now Europe — perquè perseguim la missió de la nostra vida: curar la ceguesa infantil. Donar-te visió per sempre. I oferir la mateixa esperança a altres infants com tu. A cada fotografia d’aquesta exposició hi ha aquest vincle. La pell i la por. L’amor i la força. El dol i la lluita. I sobretot, la promesa: que farem tot el possible per canviar aquest futur, aquest destí. Perquè la foscor no guanyi. Perquè l’única cosa que no perdràs mai serà la llum que ja portes dins.

Jana

Me llamo Jana y voy a contarles la historia de mi mamá. Mamá tuvo una infancia bonita. Era la niña mimada de la familia, todo el mundo la quería, y eso continuó incluso al crecer. Es una mujer fuerte, inteligente, independiente y bella. Siempre ha tenido ese poder de atraer la atención de las personas, especialmente de los hombres. Mamá realizó estudios superiores y logró conseguir un buen trabajo, lo que le permitió viajar y conocer a muchas personas. Disfrutaba plenamente de su vida. Tenía muchos pretendientes para el matrimonio, pero quería seguir siendo libre, hasta el día en que conoció a mi papá. Un hombre mayor que ella, al que amaba profundamente. Mamá también tenía un compañero de trabajo en quien confiaba porque lo veía inteligente, seguro de sí mismo y correcto. Era un hombre rico y con poder. Un día, ese compañero de trabajo le propuso montar una sociedad y abrir un negocio. Ella aceptó, dejó su trabajo y empezó esta aventura. Mi papá, estaba celoso al ver que su mujer se alejaba de él y decidió pedirle matrimonio. Para mamá, esa decisión estuvo marcada por la presión del nuevo trabajo, pero también fue una forma de demostrar su amor, y terminó aceptando. Mamá estaba muy feliz: estaba enamorada y, al mismo tiempo, sentía que crecía a través de su negocio. El día en que mamá compartió su alegría con su compañero de trabajo, fue el día en que toda su vida cambió. Ese hombre empezó a tener ataques de celos, pero debido a su sentimiento de superioridad, no quería asumirlos. Se comparaba constantemente con mi papá y se comportaba muy mal, realmente muy mal. Después del matrimonio, le creó muchos problemas e hizo todo lo posible por destruir la relación de mis padres. Un día le dijo a mamá que prefería verla muerta o en prisión antes que verla con mi papá. Utilizó su poder para causarle problemas legales relacionados con su trabajo. Después de mi nacimiento, las cosas empeoraron. Mamá y papá estaban muy felices y muy enamorados de mí. Yo era su luz en medio de la oscuridad. Mamá ya no pudo soportar la violencia ni la humillación y decidió dejarlo todo, porque no imaginaba su vida sin mí. El día en que sintió que yo estaba en peligro —estábamos en el coche, y el nos seguía y hacía maniobras peligrosas, y casi tuvimos un accidente— mamá decidió huir. Sí, mamá asumió un gran riesgo: salimos del país por mar. Era peligroso, pero no tanto como el peligro que representaba ese hombre. Mamá y papá se hicieron la promesa de reencontrarse. Hoy estoy con mamá y esperamos volver a ver a papá pronto y cumplir nuestros sueños juntos. Para terminar, les digo que aún soy muy pequeña y que es mamá quien ha escrito su historia. Una historia que todavía no tiene un final, pero que esperamos que sea un buen final.

Judit

Esta es una imagen de mí, pero afirmar: "esta soy yo" es distinto. Tan sólo refleja el estado anímico de una de mis personalidades en un día cualquiera, que, por cierto, hubiera sido más lluvioso de no ser por ella. Debo contaros algo sobre mí que no se vea, así que ¿qué puedo deciros? Empezaré por contaros que la muerte huele a hierro, a metal, que tengo mucha suerte, a veces he tenido una estrella, otras todo el Universo a mi favor. Recuerdo el momento en que más la necesité en mi vida fue así: ese día, aún vulnerable y confundida, me puse en alerta y actué con frialdad sin saber cómo. Seguiré contándoos que cuando estoy perdida me conecto con mi yo de niña, porque lo que más me duele es defraudarme a mí misma por querer encajar. Que aislarse para escucharse es necesario y aventurarse a andar descalza es hermoso. Que la risa me acompaña siempre. Que el miedo en la tripa da cosquillas si saltas. Que he estado aturdida y he odiado profundamente. Que hay abrazos que calientan el alma. Que he aprendido que lo que importa es la intención que hay detrás. Que me encanta bailar. Y que las quiero con locura, porque no sé amar sin intensidad.

Hassiba

Soy una mujer kabyle, nacida libre y educada en la dignidad. Mi historia no es única, pero es la mía. Es la historia de una mujer en pie, a pesar de los vientos en contra. Crecí en una cultura donde las mujeres llevan en sí la fuerza de sus madres y el silencio de sus dolores. Muy joven aprendí que la independencia no es un regalo, sino una conquista. Durante 22 años trabajé en la educación en Argelia. Educar era mi manera de sembrar semillas de libertad. Cuando mi marido dejó el país para huir de la opresión política, tuve que cargar sola con el peso de nuestra familia. Cuatro hijos, casi de la misma edad, que criar sin descanso. Trabajaba en una escuela lejana, sin coche, afrontando cada día como una batalla. Siete años de separación. Siete años de resistir, de consolar a mis hijos sin poder consolarme a mí misma. Luego, por fin, España. La reagrupación familiar. Pero todavía no la estabilidad. Hoy vivimos separados, dentro de un programa de ayuda. Mi marido trabaja, yo me formo para reconstruirme. Para avanzar. No cuento esto para quejarme. Lo cuento para dar testimonio. Para que se entienda que la lucha de una mujer no empieza en la frontera ni en el exilio. Está en todas partes: en el silencio, en la resistencia cotidiana, en el amor que no se abandona. Soy una mujer kabyle. Y estoy en pie.

Eva

Vaya por delante expresar que me considero una persona afortunada. Soy blanca. He nacido en un país europeo, en el seno de una amorosa familia de clase media. Gracias a eso he podido cursar estudios superiores, tener un buen trabajo y una bonita casa. Tengo dos hijos maravillosos, muy buenos amigos y alimentos. Respiro aire más o menos limpio. No he conocido la guerra de cerca. Puedo dedicar tiempo a mi familia y a mis aficiones. La naturaleza, la amistad, la música, la escritura, y la cultura en general, me aportan energía y alegría de vivir. En este contexto otras mujeres blancas, europeas de clase media, criadas en familias amorosas seguramente han tenido una vida más fácil que la mía. Duros problemas en la adolescencia de mis hijos, dos separaciones de pareja y un cáncer de mama que comportó gran cantidad de cirugías durante cinco años tocaron y dañaron seriamente mi línea de flotación. Tengo alta sensibilidad y, por tanto, vivo con gran intensidad cualquier evento vital. Eso es maravilloso en los buenos momentos, pero mucho más duro en los malos. Sin embargo, estoy convencida de que, si la vida no me hubiese puesto estas pruebas en el camino, seguramente hoy no sería la mujer fuerte, resolutiva, compasiva y empoderada que soy hoy. Quizás tampoco hubiese fundado dos ONG dedicadas al cuidado de los más vulnerables; ni hubiese explorado todas las facetas de expresión artística que me han servido para canalizar mis emociones y transmutarlas en arte. El arte refleja la belleza de la vida percibida por los sentidos del artista. Sin arte el mundo es un lugar mucho menos amable y más oscuro. Como el ave Fénix, un día renací de entre mis cenizas y me di cuenta de que, si yo no luchaba por mí misma, por los míos y por los más vulnerables, el mundo difícilmente lo haría por mí. He aprendido a amarme y cuidarme; a amar y cuidar. Aquí y ahora siento una gran paz y alegría de vivir que necesito compartir. También mi fuerza y mi ejemplo para todas las mujeres que creen que no son suficientes por ellas mismas. ¡Sí se puede chicas! y el trabajo personal para conseguirlo es duro, pero merece la pena".

Geraldine

Nací un 13 de febrero de 1991 en la capital, Lima, Perú. Desde mi infancia pasé por situaciones muy difíciles, comenzando con la separación de mis padres, la cual, siendo niña, me afectó profundamente. Al ser la mayor, tuve que madurar rápidamente y hacerme responsable de mis tres hermanos menores, ya que de ese modo ayudaba a mi madre mientras ella trabajaba. Con el tiempo todos crecimos y la situación fue mejorando, pero llegó un momento muy difícil en mi adolescencia que hasta hoy me cuesta comprender. A los 19 años me diagnosticaron artritis reumatoide juvenil generalizada, una enfermedad que, sin saber realmente de qué se trataba, tuve que afrontar. Esta enfermedad cambió mi vida por completo. Mientras otros jóvenes podían realizar sus actividades con normalidad, yo no podía. Mi cuerpo estaba tan delicado que parecía el de una persona de edad avanzada: mis huesos me dolían intensamente y, en ocasiones, ni siquiera podía caminar. Todo esto me afectó tanto emocional como psicológicamente. En esos momentos de frustración llegué a pensar muchas veces que mi vida ya no tenía sentido, que nada de lo que hiciera me ayudaría a sentirme mejor, ya que los dolores eran cada vez más fuertes. No podía entender cómo, siendo tan joven, podía padecer una enfermedad tan dolorosa. Afrontar todo esto fue muy difícil. Poco a poco comencé a pensar que, si Dios aún me mantenía con vida, era por un propósito. Me preguntaba si algún día podría formar mi propia familia, aunque con esta enfermedad parecía casi imposible. Los médicos me decían que era muy poco probable quedar embarazada, ya que los medicamentos eran muy fuertes y podían afectar al bebé. Busqué ayuda de muchos médicos y probé distintos tratamientos, hasta que, después de tres años, me recomendaron a un doctor que logró ayudarme a sobrellevar la enfermedad. Gracias a un tratamiento constante y prolongado, conseguí controlar la artritis, lo que me permitió quedar embarazada de mi primer hijo. Actualmente tengo 34 años y hace seis meses nació mi segundo hijo. Soy mamá de dos hermosos niños que han llegado a complementar mi vida y a fortalecer mis ganas de seguir luchando por ellos. Dios me ha bendecido, después de todo lo vivido, con el esposo y la familia que siempre anhelé tener. Hemos formado un gran equipo, tanto como padres como compañeros de vida, y aunque el camino no ha sido fácil, seguimos luchando día a día por nuestros hijos, enseñándoles el valor que tiene la familia.

Laura

Recibir el diagnóstico de menopausia precoz a los 35 años ha sido un antes y un después. Al principio, fue desconcertante. Nadie te prepara para escuchar algo así cuando aún te sientes con toda la juventud por delante. Fue como si de repente el cuerpo hablara un idioma distinto al que yo conocía, como si me dijera: “Esto que creías que iba a pasar dentro de muchos años, ya está ocurriendo”. En mi día a día, este diagnóstico ha supuesto una transformación silenciosa pero constante. He tenido que aprender a convivir con los cambios físicos y emocionales que vienen sin pedir permiso. A ratos ha sido duro sentirme desconectada de mi propio cuerpo, cuestionarme mi feminidad, mis expectativas, mis ritmos. Pero también ha sido un proceso de reconciliación. He aprendido a escucharme de otra forma. A poner nombre al cansancio, a validar la tristeza, a pedir ayuda sin sentirme débil. Participar en esta exposición es una forma de decir: “Aquí estoy, con todo lo que soy. Con lo que duele y con lo que transforma”. Y sé que no estoy sola.

Alba

El meu nom és Alba que significa blanca, pura i fa referència a la primera llum del dia. Vaig nàixer un 15 de maig, segons diuen els pares en un part natural, a casa, inesperat però molt bonic. Era molt petita però molt bufona. Soc la mitjana de tres germans, tinc una germana mes gran i un germà mes petit. A l’any i mig vaig anar a l’escola bressol, perquè els pares treballaven, amb unes educadores molt carinyoses,ecologistes, una mica “hippies” que em van tractar molt bé. La meva vida escolar va tenir tres etapes: a l’escola ordinària fins a 4art de bàsica, en una escola de Valldoreix , on es van desviure per ajudar-me en el meu aprenentatge. Els mes companys van ser molt amables i jo estava una mica mimada, potser massa i tot. Sempre m’he relacionat millor amb els nois que amb les noies. Em costa comunicar-me a nivell verbal però procuro espavilar-me a nivell gestual i amb comunicació augmentativa. Desprès vaig fer un any d’educació compartida entre l’escola de Valldoreix i l’escola d’educació especial a Cerdanyola. No va anar gaire bé, era molt difícil per mi, organitzar-me. Finalment fins els 18 any vaig anar exclusivament a l’EE de Cerdanyola. En acabar havia d’anar a un Centre Ocupacional i va sorgir la possibilitat d’anar a una EE de Barcelona que feien un programa de dos anys que anomenaven Transició a la Vida Adulta molt enfocat a treballar l’autonomia per persones amb síndrome de Down com jo. Em va agradar molt i m’ho vaig passar molt bé. Actualment estic en el Centre Ocupacional del Taller Jeroni de Moragas, compartint la vida amb els companys i els monitors. M’agrada anar-hi però rondino quan hi ha activitats físiques (esport, petanca, piscina,) perquè em fa una mica de mandra. M’agrada la música, el cine, veure pelis a la tauleta o a l’ordinador, i sobretot anar d ‘excursió (anar amb cotxe, passejar i visitar el poble, dinar o fer el vermut). Encara visc a casa amb els pares. A temporades conviu amb nosaltres la meva neboda, que me l’estimo molt. En general estic contenta, no m’enfado gaire i puc dir que en els meus 39 anys de vida he sigut i sóc bastant feliç

Pilar

La protagonista d’aquesta fotografia va néixer entre vinyes, raïm, vi i cava, el dia 9 d’agost de 1929. Sant Sadurní d’Anoia va ser l’escenari de les seves primeres entremaliadures. Tan bona xicota era que els seus pares la van portar a les monges per tal que tingués una educació acurada. És el començament d’una relació amb l’església i la fe molt important a la seva vida. Però com totes les coses que hom fa costen i la Pilar en un primer moment va adoptar una actitud de rebuig, perquè en més d’una ocasió les monges van haver de sortir corrent darrere la nostra protagonista perquè aprofitava qualsevol badada de les religioses per escapar-se de l’escola.Els seus primers treballs es van relacionar amb el cava. Va començar a l’edat de catorze anys a netejar les ampolles de cava i més tard va passar a comptar els diners que les ampolles de cava generaven. Ja de joveneta s’adona que això de l’Església és un bon invent i va formar part del grup de la parròquia de Sant Sadurní. És allà, entre missa i missa de diumenge, on coneix el Joan, un noi eixerit de Sant Pau d’Ordal, que ven menuts el mercat municipal de Molins de Rei i que el 31 d’octubre de 1961 l’acaba convertint en la seva esposa.Ja de casats es traslladen a viure a Molins de Rei. La Pilar deixa al món del cava per dedicar-se a vendre pollastres, ànecs, i conills. És una feina que mai no li arriba a agradar, però el compromís de tirar endavant una família amb el seu espòs, en Joan, fa que amb els anys s’acabi convertint en una de les reines del Mercat Municipal. En Joan i la Pilar tenen cinc fills, la primera va morir tres mesos després d’haver nascut. Va ser un cop molt fort per la parella, però sortosament dos anys després nasqué la segona filla, la Rosa, i més tard el Joan, la Pilar i l’Hortènsia.La Pilar sempre ha estat una dona molt activa, amb inquietuds socioculturals, polítiques i religioses, i ha format part de nombrosíssims col·lectius de Molins de Rei, com el Grup de Drets Humans, Grup de Dones, Congrés de Cultura Catalana, Assemblea Democràtica, Cristians pel Socialisme, Unió de Botiguers, Junta de Venedors del Mercat Municipal, Grup Agermanament amb Nicaragua i Cooperació, Associació de Pares de l’escola Estel, i l’Escola Alzina, militància al PSUC primer i posteriorment a IC. L’any 1981 es crea Ràdio Molins de Rei i la Pilar hi comença a col·laborar, primer amb petits escrits difosos per les ones, fins a arribar a convertir-se en la secretària de l’emissora. Fent una feina de formigueta, la Pilar ha esdevingut amb els anys un dels puntals de la Ràdio Nostra. El 10 de setembre de 1989 és un dels dies més tristos de la seva vida perquè el Joan, el seu espòs mor. Amb l’ajut dels seus fills/es i amics i amigues aconsegueix refer-se i s’aboca en el treball a la ràdio. La soledat, l’angoixa, la tristor... fan que pugui conrear més una de les seves afeccions: la literatura. Recupera el concurs de narrativa Mercè Rodoreda i l’inici de Montserrat Pujol-Mateu Janés de poesia i l'oportunitat de llegir “Les Cartes de la Pilar” per antena són les seves màximes il·lusions. Tot amb la gran amistat del Miquel Armengol, director de Ràdio Molins.El 21 de juliol de 1994 amb 65 anys, la Pilar es jubila i a la festa de la seva jubilació rep diferents regals i un llibre de la recopilació de cartes des del 1981 al 1994 escrites per ella a Ràdio Molins de Rei, de títol “Cartes des de les Ones”. Ja jubilada, a finals del mateix 1994, crea el Col·lectiu de Viudes de Molins de Rei i també és tresorera de la Federació de les Associacions Catalanes de Viudes. Finalista del Primer i Tercer Concurs de Narrativa de Mercè Rodoreda, i també finalista del Primer Concurs de Narrativa organitzat pel Grup de Dones de Sant Just Desvern. El 21 d’abril de 2002 presenta el seu segon llibre: La Carta de la Pilar -La resposta del Lluís. Primera recopilació de 28 cartes i les corresponents respostes emeses per Ràdio Molins de Rei.El 13 d’abril de 2003 presenta el seu tercer llibre: La carta del Lluís - La resposta de la Pilar. Segona recopilació de 28 cartes i les corresponents respostes emeses per Ràdio Molins de Rei.Continua com a col·laboradora a Ràdio Molins amb les seves cartes i el 2007 li ofereixen la possibilitat de ser jutgessa de Pau, càrrec que accepta amb tota la seva inquietud i il·lusió.El 2009 presenta el seu quart llibre: Petites Històries-80 anys de la Pilar. Conjunt de 66 escrits emesos per Ràdio Molins de Rei, així com articles d’opinió a diverses revistes locals, Històries fetes realitat i viscudes amb plenitud des de l’any 1980 fins al setembre de 2009. El 2020 presenta el seu cinquè llibre: La Pilar. Vivències viscudes en la quotidianitat de cada dia al llarg dels seus 90 anys. I fins avui, ara amb 96 anys, segueix escrivint les seves inquietuds, les seves il·lusions i també el seu passat, com també és una gran lectora. Avui és la mateixa Pilar amb l’evolució de la vida i les experiències viscudes, però continua autodidacta com ha demostrat al llarg de la seva vida i igual de tremenda, tossuda, inquieta, lluitadora i amorosa de sempre.

Natalia

“No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente” Virginia Woolf. Hoy, si me preguntas qué es lo importante en mi vida, no diré “lograr”, ni “demostrar”, ni siquiera “ganar”. Diré observar. Diré sentir. Diré estar. He llegado a ese lugar después de un recorrido largo y a veces exigente, porque no siempre supe que lo esencial podía ser tan sencillo. Vengo de una cultura que aplaude a la mujer que aguanta, la que no se quiebra, la que se sacrifica sin ruido. Ser fuerte era casi sinónimo de ser buena. Durante años confundí esa fuerza con mi identidad: si dejaba de sostener, temía quedarme sin nombre. Crecí creyendo que resistir era la única forma de existir, que aflojar era fallar. Sin embargo, con el tiempo he empezado a comprender otra verdad: hay plenitud en la suavidad. La paz no se conquista; se practica. A veces es tan simple —y tan difícil— como escucharme. Como darme permiso para elegir sin aplauso, sin prestigio, sin encajar en el álbum familiar… y aun así respirar con el pecho entero. La libertad interior, muchas veces, es precisamente lo no normativo. En ese proceso, la belleza se volvió guía. Es importante para mí porque es el lenguaje del alma, una brújula silenciosa que orienta mis pasos. La encuentro en el arte que me atrapa, en la naturaleza que me ordena por dentro, en la estética del diseño que me da aire, en la música que me completa. Reconocerla es vida para mí; es una forma de recordar quién soy cuando todo lo demás se vuelve ruido. De niña —y hasta bien entrada la adultez— comenzaba los libros por el final. Me emocionaba descubrir el cierre antes de haber transitado la historia. Necesitaba saber cómo terminaban las cosas para sentirme tranquila. Hoy ya no me sucede. Descubrí por qué: porque confío en el camino. Entendí que una vida no se resume; se transita. No necesita garantías anticipadas ni finales asegurados, solo páginas caminadas, vividas, respiradas. Y en esa comprensión me despido de la niña que fue educada para una vida normativa. No hay héroes, no hay villanos, la familia hace lo que sabe hacer. Y durante años necesité finales para sentirme a salvo. Hoy me sostiene el presente: respirar, decirme la verdad, mirarme de frente incluso cuando soy contradictoria. Ya no tengo que ser la hija perfecta de nadie, ni la mujer ejemplar de ninguna foto, ni la amiga o pareja complaciente. Me basta con ser yo. Mi libertad no es un destino al que llegar, sino una elección que se renueva cada día. Cada vez que digo “no” sin culpa. Cada vez que me permito un “sí” que nace del quiero. No sé qué vendrá mañana y esa incertidumbre ya no me amenaza: me abre. Me abre a la vida. A mi vida.

Pilar

Pasé años siendo refugio para los demás: la hija que no cuestiona, la pareja que no exige, la hermana que se adapta. Fui la amiga de muchos. El amor de nadie. Y aunque mi voz susurraba por dentro, yo solo sabía sostener, complacer, aguantar. Hasta que un día no pude más. Y me elegí. Desapegué raíces heredadas, corté vínculos que dolían más que sanaban. Me rompí. Me reconstruí. Me elegí. Y en ese proceso, entendí que romper también puede ser una forma de amar. De amar(te). Mis tatuajes blancos. Esas marcas visibles, solo para quienes de verdad saben mirar. Mi madre está en mi hombro izquierdo. Mi hijo no nato, en el antebrazo derecho. Mi padre, en la columna que me sostiene incluso cuando tiemblo. No es adorno. Es dolor transformado en arte. La muerte de mi padre fue una fractura sísmica. No se fue solo él. Se fue la niña que fui. Y nació la mujer que soy. La tormenta fue necesaria. Lo oscuro, lo turbulento, lo que casi me apaga, me enseñó a mirar de frente, a sostenerme, a decir: “aquí estoy.” He dejado de mendigar amor. De fingir estabilidad. De sostener lo que ya no me sostiene. Ya no aguanto porque “es lo que toca”. Ya no me empequeñezco por empatía. Ya no me rompo por encajar. Hoy no pretendo nada. Me soy. Y cuando me veas en esta imagen, no estás viendo una pose. Estás viendo una verdad. Una mujer completa. Que dejó de esperar ser elegida, porque ya se pertenece. No quiero que me comprendan. Quiero que me sientan. Es mejor ser que aparentar.

Subarna

Seguir avanzando en medio de una crisis existencial no es fácil. Mucho menos cuando no tenemos con quién compartirla y cuando no contamos con suficientes herramientas emocionales básicas para afrontarla. Nací en 2004 en Katmandú, una ciudad de un país muy bonito y espiritual: Nepal. Aquellos años no fueron sencillos debido a los desórdenes políticos. A los seis años, mis queridos padres me dejaron al cuidado de mis abuelos maternos para salir en busca de oportunidades con las que ganarse la vida. Llegaron a Barcelona. Esa búsqueda duró siete años, los únicos que pasé plenamente con mis abuelos. Durante ese tiempo aprendí muchísimas cosas. También lo pasé mal. Aunque vivía con mis abuelos y mis tíos, y aunque supuestamente me querían, siempre eché de menos una esencia que, aún hoy, no sé definir con exactitud. Debido a la ausencia de esa esencia, no fui capaz de tener amigos. Por eso, hasta ahora, no sé realmente qué es una amistad. Sin embargo, sorprendentemente, sí conozco el verdadero significado del amor y del sacrificio, gracias a las acciones de mis padres. Sé gestionar mis emociones porque he tenido que ser, en muchos momentos, mi propia psicóloga. Hoy vivo con mis padres y mi hermano, pero sigo sin reconocer esa esencia que tanto eché de menos entonces. Al principio pensé que la encontraría al reunirme con ellos, pero no ha sido así. Aun así, doy gracias a esa ausencia, porque para mí se ha convertido en una motivación: me impulsa a profundizar en lo abstracto, en las emociones, y a intentar comprender la vida para poder seguir avanzando. Convivo, así, con dos procesos paralelos: profundizar para entender esa esencia y, al mismo tiempo, seguir avanzando. Mientras atravieso este camino interior, también estoy descubriendo mi vocación. Me apasionan las ciencias técnicas y el arte, porque siento que me permiten comprender el mundo desde la lógica y expresarlo desde la sensibilidad. Esta exploración forma parte de mi crecimiento y de la construcción de una identidad que permanece siempre en expansión.

Rohafza

Soy una mujer fuerte. Lo digo hoy, mirando atrás. En mi país, Afganistán, la vida para las mujeres dejó de ser posible. No podíamos estudiar, ni trabajar, ni decidir. No podíamos salir solas a la calle. Muchas cosas nos estaban prohibidas. Yo sabía que no podía quedarme allí. Tenía 21 años y era soltera. Tomar la decisión de irme fue muy difícil, pero quedarme lo era aún más. El camino no es seguro para una mujer. Viajar sola significa peligro, juicios, miedo. Aun así, decidí salir. En 2017 comencé el viaje. Mi padre me apoyó. Salí de Afganistán hacia Irán en avión, pero desde allí hasta Turquía el trayecto fue ilegal, caminando, guiada por mafias. Pasé casi dos días en la montaña sin comida, solo andando. Después llegó el mar. Cruzar de Turquía a Grecia fue uno de los momentos más duros. Cuando llegué, la frontera estaba cerrada. Pasé seis meses en el campo de refugiados de Idomeni. No había comida suficiente, ni agua, ni duchas. Éramos muchas personas esperando, sobreviviendo. En ese tiempo fui traductora en el campo. Conocí a voluntarios, médicos y personas de España que me ayudaron. Gracias a eso, decidí venir aquí. Para llegar tuve que cruzar Macedonia y Serbia, hasta que finalmente llegué a España. Elegí quedarme. Aquí empecé de nuevo. Hoy tengo una vida tranquila. Tengo mi propia familia. Tengo dos hijos. Vivo en paz. Cuando pienso en todo lo que atravesé, sé que no fue fácil. Salir de casa, dejarlo todo, caminar sin saber si llegarías viva… Pero quedarse sin futuro tampoco era una opción. Por eso me siento una mujer fuerte

Melissa

Soy tatuadora y soy colombiana. Hace cuatro años perdí a mi primera hija. Nació de forma prematura y, a los tres meses y medio de vida, murió. Tenía leucemia. Fue un proceso profundamente difícil para mí. Nadie espera una pérdida así. Existe esa idea, casi automática, de que somos las madres quienes partimos primero, no los hijos. Esa experiencia me atravesó por completo, pero también me dejó grandes lecciones. Aprendí a soltar. Aprendí a vivir con más intensidad. Aprendí a honrar su memoria desde la vida. De ese dolor nació un deseo enorme: volver a intentarlo, volver a ser mamá. Era uno de mis grandes sueños. Hoy tengo el honor de tener a Noa, mi hija. Su llegada ha sido una alegría inmensa. Con ella, la vida volvió a abrirse paso.

Marysa

Siempre he admirado a las mujeres de mi familia. Mientras crecía, mi madre me contaba sus historias y yo nunca me cansaba de escucharlas. Mi tatarabuela no le tenía miedo a nada. No se dejaba doblegar ni influir por nadie. Se opuso a su familia aristócrata y se casó con su profesor particular, humilde, pero con un intelecto excepcional. En su tercer embarazo, los médicos insistieron en una interrupción, ya que su vida corría peligro, pero ella respondió: «Donde no llegan los médicos, llegaré yo». Así nació mi bisabuela. Mi tataratatarabuela era emprendedora, creativa, inquieta… Siempre tenía un nuevo proyecto entre manos. Era adorada por su marido, quien financió una especie de moqueta que cubría la calle frente a su edificio, en el centro de Cracovia, para evitar que el ruido de los caballos empeorara sus migrañas. Más allá de mi familia, también admiro a las mujeres que luchan cada día por salir adelante, por tener una vida digna, por ser libres… Admiro a las que alzan la voz por aquellas que no la tienen; a las que persiguen sus sueños sin importar lo duro que sea; a las que no se dejan condicionar por las expectativas de la sociedad. Ahora bien, si me preguntas por mi historia, te diré que aún no la tengo, porque acabo de empezar a vivirla.

Paula

Nací a orillas del Ebro, y como todos los que leáis esto, he tenido años maravillosos y otros nefastos, lo importante siempre es no rendirse, mantenerse firme cuando todo tiembla a tu alrededor. No es fácil ni novelesco, pero es lo que hay. Uno de mis peores años fueron cuando la empresa en la que trabajaba empezó a hundirse, el dueño de la empresa encontró la solución haciéndonos bullying y despidiéndonos a todos mientras con nuestras nóminas se fue de viaje a China, real. Tenía 54 años, nadie te contrata a esa edad y cada vez te hundes más... Hasta que encontré fuerzas para volver a empezar, volví a la Universidad, hice un máster y me dediqué a la investigación hasta que la enfermedad me frenó, pero estoy orgullosa por haber tenido el valor de levantarme y empezar de nuevo. No gané ninguna medalla, pero sí recobré la confianza en mí misma y en el valor de no rendirse pase lo que pase.

Ingrid

Soy una mujer de 58 años que nació en Chile, de apellido mapuche por parte de padre, indígenas de Chile, e italianos por parte de madre. Era hermosa. Yo diría muy bonita, pero eso no lo veo o lo vi después de adulta. Cuando eres niña no lo sabes y te avergüenza lo que te digan los demás niños. Te hacen esas cosas crueles que, con el tiempo, vas superando. A los 13 años me di cuenta de que tenía los ojos verdes porque me lo dijo una profesora, y me sentí hermosa, porque recién me di cuenta de que mis ojos eran bonitos. O diferente. Cuando eres un niño nos vemos todos iguales. Crecí en un país donde la cultura, en aquel momento, nos condicionaba. O quizás por la ignorancia de mi madre y el alcoholismo de mi padre no tenía una visión de futuro. Los niños crecíamos obedeciendo y queriendo cosas, y las madres, con el tiempo, cuando fui adolescente, pensé mucho en mi futuro. Recuerdo que quería trabajar y vivir en EE. UU., tener un piso decorado con negro y blanco. No veía más colores. Eso ya me iba bien. Cuando me sentí segura de mí, conocí a una persona y me enamoré. Tuve un hijo, el cual murió después de 12 horas. Pensé adiós a los sueños. Mi inocencia y desconocimiento de la vida me golpearon, despertando a una juventud de haber parido, de haber sido maltratada física y psicológicamente. Pero no me rendí, seguí trabajando y normalicé mi situación hasta el punto de que muchas veces sentí que era castigada porque yo me lo buscaba. Qué tontería, ¿no? Pero es la realidad de nosotras, las mujeres que hemos sufrido maltrato. Muchas personas me preguntan por qué, por qué pasó esto, por qué lo permito. Mi respuesta es: porque, si alguien te interesa y hoy en día me dan ganas de decir y gritar que no se dan cuenta de que muchas mujeres se vuelven permisivas hasta el punto de que se enferman psicológicamente. Y si no tienes ayuda o terapia, no puedes valorarte ni siquiera conocerte y quererte. Llega un momento en que te das cuenta de que tu vida gira en torno a otra persona, que la felicidad o los momentos felices son cuando ves feliz a la persona que está a tu lado. Hoy siento que debo ser feliz yo, o estar bien yo, para poder compartir con otra persona y no tener que esforzarme por hacer feliz a alguien. En fin, es la vida que nos enseña y aprendemos cada día. He tenido que empezar varias veces en mi vida. Llevo 23 años en España.

Kasia

Abigail

Fui madre muy pronto y después volví a serlo una y otra vez. Cuatro veces. A los 17, 15, 10 y 2 años de sus vidas, mis hijos ocupan casi todo mi tiempo, mi energía y mi pensamiento. Durante años, la maternidad no fue solo una parte de mí: fue todo. He vivido con el cuerpo siempre alerta, con un ojo abierto incluso al dormir, midiendo el tiempo en comidas, deberes, enfermedades, miedos, abrazos y noches en vela. He aprendido a anticiparme a las necesidades ajenas antes incluso de que fueran pronunciadas. A estar. Siempre estar. Y en ese estar constante, poco a poco, me fui olvidando de quién era yo antes. No de golpe, no de forma dramática, sino de manera silenciosa. Dejé de preguntarme qué quería, qué me gustaba, qué soñaba. Mi nombre quedó en segundo plano. Mi identidad se fue diluyendo entre mochilas, agendas escolares y rutinas interminables. No me arrepiento. Amo profundamente a mis hijos. Cada una de sus edades ha sido un mundo distinto, una exigencia nueva, un aprendizaje constante. Pero la maternidad, cuando se vive sin red, sin pausas, sin espacio propio, también puede borrar. Hubo un momento —no sabría decir cuándo— en el que me miré y no me reconocí. No porque estuviera perdida, sino porque llevaba demasiado tiempo mirándolos solo a ellos. Entonces entendí que cuidarlos no debía implicar desaparecer. Hoy empiezo, despacio, a recordarme. No para dejar de ser madre, sino para volver a ser persona. A aceptar que también merezco tiempo, deseo, silencio y voz. Que mis hijos no necesitan una mujer agotada y vacía, sino una madre viva, presente y completa. Sigo aprendiendo a sostenerlo todo sin olvidarme de mí. A habitar la maternidad sin desaparecer dentro de ella. A existir, además de cuidar.

Irina

Nací en Moscú en una familia humilde. Muy pronto demostré mi talento en ciencias exactas como la física y las matemáticas. Gané olimpiadas en Moscú y me aceptaron en un instituto para jóvenes dotados en matemáticas. Me gradué con honores. Luego terminé con honores la mejor universidad de la Unión Soviética. Me casé con un español, hijo de españoles exiliados tras la Guerra Civil. En los años 90 volvimos a España. No podía seguir mi carrera científica, así que empecé con la informática. Era la época dorada de internet. Empecé a trabajar para distintas empresas, siempre progresando, y acabé en Microsoft, donde trabajé 20 años. Tengo 2 hijos de los cuales estoy muy orgullosa, pero mi marido falleció no hace mucho, así que estoy sola, pero no me rindo...

Gemma

Karla

Mi historia comienza un día fatídico, cuando amanecí con un fuerte dolor de cabeza que no fue tomado en serio en el hospital de Martorell. Me pusieron en una camilla en el pasillo hasta que, finalmente, me llevaron a un box, me pusieron una vía, me administraron analgésicos y me mandaron a casa. Así he pasado tres dias, yendo y viniendo. Hasta que, por último, ese día accedieron a la petición de mi madre de hacerme un TAC, donde se detectó un derrame cerebral. Acto seguido me trasladaron en ambulancia al Hospital de Bellvitge. Allí me trataron y me operaron. Tuve que aprender a caminar y a hablar nuevamente. Fue el momento más duro de mi vida. Después de un tiempo me llevaron al Institut Guttmann, donde encontré a médicos excelentes y, sobre todo, a grandes personas. Me trataron durante un largo periodo de hospitalización. Realicé primero rehabilitación interna y después un largo proceso ambulatorio, de 7 de la mañana a 5 de la tarde. A día de hoy siguen tratándome con un trato exquisito. A partir de ese momento, mi vida dio un giro inesperado y cada día que me levanto es una nueva lucha física y mental. Mi marido dice que soy una guerrera. Tengo muchas heridas de guerra, físicas y psíquicas. Esta historia comenzó hace apenas cuatro años. Mi vida cambió por completo: de ser una persona autónoma, trabajadora, deportista y con una vida social activa, empezando a disfrutar de la vida en pareja, pasé a ser una mujer fuerte pero dependiente. No poder salir sola a la calle, desplazarme en silla de ruedas o con caminador, no poder desarrollar ninguna actividad laboral debido a mis secuelas y a mi gran dolor neuropático —que cuando aparece no me permite ni coger un objeto ni ser tocada, porque el brazo me arde con un dolor exponencial— forma parte de mi día a día. El 15 de septiembre de 2023 me casé con el hombre que estuvo a mi lado en todo momento, y juntos luchamos frente a las adversidades. Somos felices, pero con matices. Pero a días grises, paraguas de colores.

Nuria

Me considero una mujer valiente… Si valiente es tener una discapacidad desde los cuatro años. Si valiente es vivir sin complejos en esta sociedad que te juzga por todo. Si valiente es haber trabajado en una organización no gubernamental, entregando mi tiempo y mi fuerza al servicio de otras personas. Ese camino, aunque valioso y lleno de sentido, terminó en un cierre doloroso y conflictivo. No es fácil explicar cómo mujer esa lucha por demostrar lo que puedes dar de ti. Soy valiente de tener una gran familia, unos grandes amigos. Pero la vida está llena de sorpresas. Cuando menos te lo esperas, por muy Valente que seas te espera un duro golpe de una enfermedad degenerativa. Valientes somos todas aquellas mujeres que no nos rendimos, que transformamos el dolor en fuerza y la adversidad en dignidad. Soy valiente, seré valiente siempre.

Eva

Vaig néixer l'any 1972 i els meus records d’infantesa se situen a la ciutat de Cornellà de Llobregat. Amb tretze anys vaig perdre el meu pare que va morir amb només quaranta-nou anys, després d’una llarga malaltia. Era massa jove i jo també ho era. La dinàmica de casa nostra va canviar per sempre: la meva mare, la meva germana Vicky i jo ens vam unir encara més, però també ens vam tancar al món. A més a més, jo em vaig construir un refugi propi, entremig de les prestatgeries i els llibres de la biblioteca del costat de casa. Allà vaig descobrir que podia viatjar sense moure’m i que potser algun dia escriuria un llibre. La meva vida professional va quedar lligada per sempre a les biblioteques, com si aquell refugi d’infantesa s’hagués convertit en camí. Amb el temps, l’edat adulta va arribar i, de la mà del meu marit Juanma, vaig sortir del cercle íntim que ens havia protegit durant anys i vaig començar a construir la meva pròpia vida. Amb ell vaig poder fer realitat un dels meus somnis més profunds: ser mare. Els meus fills, el Víctor i la Paula són la meva força diària. Em semblava que el futur estava sota control. A l’hivern del 2014, ja feia mesos que el meu cos enviava senyals: la meva mà esquerra reaccionava molt més lenta, la mobilitat fina era menys precisa, tenia dolors abdominals persistents… Em pensava que era estrès. Fins que un neuròleg, després d’una prova molt específica, em va dir: “Tens Parkinson d’inici primerenc. Però no et preocupis, d’això no et moriràs.” Aquella frase no em va calmar. Em va dividir la vida en un abans i un després. La primera reacció va ser de rebuig absolut. Només tenia quaranta-un anys. Vaig sortir de la consulta i vaig anar directa a treballar. Com si res hagués passat. Ho vaig fer durant nou anys. Tenia por. Por de ser jutjada, de ser compadida, de no ser entesa. Però la realitat no es pot amagar per sempre. Aquella “motxilla no desitjada” cada cop pesava més. La malaltia avançava amb nous símptomes, més fatiga, més limitacions. Això, més la manca de concentració i execució en les tasques diàries, em va fer plantejar aturar la meva vida laboral. Passar del tot al no-res va ser una de les caigudes més dures. Havia arribat el moment d’acceptar la meva malaltia. Vaig entendre que cuidar-se també és ser valenta Vaig plorar molt. Em sentia sola, perduda, encara que la meva família i els meus amics sempre hi eren per oferir les espatlles per plorar i donar-me les seves mans per aixecar-me.Però, si no vius en primera persona una malaltia incurable és impossible comprendre del tot què significa conviure-hi. Buscant respostes, vaig trobar a les xarxes un grup de persones joves amb Parkinson. Ja no estava sola. A poc a poc, vam anar formant un vincle, primer virtual, després emocional. Amb el temps hem acabat sent un grup de més de 50 persones provinents de llocs molt diferents, amb llengües diferents, però ens uneix una experiència comuna: conviure amb una malaltia crònica i neurodegenerativa que ens ha obligat a replantejar-nos tot. El 2023 vaig publicar la meva experiència amb el diagnòstic aLa sombra del Parkinson, un llibre col·lectiu amb quinze relats. No és un llibre qualsevol: és un acte de valentia col·lectiva. El vam escriure amb un únic objectiu: ajudar als nous diagnosticats a superar aquell primer moment de por i de desconcert. Per mi va ser com “sortir de l’armari”. Deixar d’amagar-me. Convertir la vergonya en veu. Vaig deixar de preguntar-me “per què a mi?” i vaig començar a preguntar-me “què puc fer amb això?” Enmig d’aquesta nova rutina diària, l’esport ha pres un significat important. El setembre del 2024 vaig començar a entrenar a tenis taula amb companys de malaltia i s’ha convertit en molt més que una activitat física. És coordinació, concentració, disciplina i socialització. És desafiar els meus propis límits i aprendre fins on em porten. Hi ha dies bons i hi ha dies difícils, però cada entrenament és una conversa silenciosa amb el meu cos i una gran victòria. Poc després, el 28 de novembre de 2025 vaig presentar el meu llibre El viatge del Nandou, resultat de buscar les paraules exactes per parlar de la història real d’un noi de Molins de rei amb limitacions físiques, i de la discapacitat, de les barreres, de la inclusió i de la dignitat. Aquell dia vaig complir un somni que havia nascut en una biblioteca de Cornellà de Llobregat. Avui el Parkinson camina amb mi, però no em defineix. M’ha ensenyat a escoltar el meu cos, a demanar ajuda i a viure més lentament. Avui dia dedico el meu temps a allò que realment importa: gaudir de la vida. La meva història no s’ha acabat. Encara s’està escrivint.

Naomi

Vive en la calle con su hijo. No porque quiera, sino porque huir se convirtió en la única forma de seguir adelante. Habla de amenazas, de persecuciones, de un peligro que no descansa. Para ella, el mundo no es un lugar seguro. Lo que sí es real es el cansancio. El miedo constante. La desconfianza. La dificultad de encontrar un lugar donde detenerse sin sentir que todo puede romperse. Protege a su hijo como puede. Busca estabilidad. Busca comida, horarios, duchas, escuela. Busca paz. Dice que está cansada de huir. Que quiere quedarse. Que quiere confiar. A veces, sobrevivir no es vivir bien. Es simplemente seguir aquí.

Claudia

Soy la primera hija de una madre profundamente herida y rechazada por un hombre al que amaba. Esa situación marcó mi llegada al mundo y, creo, influyó en la forma en que fui cuidada. Desde muy pequeña sentí que no importaba demasiado lo que me pasara. Durante mi niñez y adolescencia me sentí rechazada y desprotegida. Crecí parte de mi vida con mis abuelos y mis tías en un pueblo. A los ocho años mi madre me llevó a la ciudad. En ese momento ella mantenía una relación que parecía estable, con un hombre de apariencia respetable y ejecutiva, pero esa imagen no reflejaba la realidad. Al poco tiempo de llegar a esa casa comenzaron los abusos que vulneraron mi integridad y mi bienestar, y que se prolongaron durante varios años, dejando un profundo daño físico y emocional que aún hoy me acompaña. Con el paso del tiempo pensé que ese dolor quedaba atrás, pero ya en la adultez, con más de cuarenta años, volví a atravesar una experiencia de violencia que reabrió las heridas de mi infancia. En ese momento no me sentí como la mujer adulta que soy hoy, sino como aquella niña que no pudo ser protegida. Uno de mis mayores deseos es poder liberarme de la vergüenza, la culpa y el trauma que arrastro desde muy temprano, incluso desde antes de nacer, sentimientos que fueron transmitidos por quienes debieron ser mis protectores: mis padres. A pesar de todo, esas experiencias dolorosas también me ayudaron a convertirme en la mujer que soy hoy: fuerte, valiente, sensible y humana. He sido capaz de salir adelante, de luchar por mi familia y de llevarla a un mejor lugar. Mi mayor anhelo es que mis hijos logren ser mucho más de lo que yo he podido ser en esta vida. Espero que la vida que aún me queda por vivir esté llena de más amor del que he conocido hasta hoy.

Nuria

Soc la tercera de quatre germans i vaig créixer sent una nena tranquil·la, serena, envoltada d'una família que em va ensenyar el valor del treball, de la unió i de cuidar el que un estima. Potser per això vaig decidir seguir el camí de les meves arrels i vaig estudiar joieria, per poder continuar el llegat familiar, una joieria centenària a Molins de Rei que forma part de la meva història i de la meva identitat. Als 27 anys la meva vida va canviar per sempre: em vaig convertir en mare. Al 2003 va néixer l’Estel, amb síndrome de Down, i des d'aquest moment vaig entendre que la maternitat seria el meu major aprenentatge i el meu major regal. Més tard van arribar l’Eloi, al 2006, i l’Emma, al 2015. Els tres han travessat dificultats que van posar a prova la meva fortalesa, però també em van ensenyar el que significa resistir, estimar i tirar endavant. Ells són, sens dubte, els meus mestres de vida. La discapacitat va arribar a la nostra família com un desafiament, però aviat es va convertir en motor. Al costat del Jaume, el meu marit, hem après a lluitar, a no rendir-nos i a transformar les dificultats en projectes que sumen. D'aquesta força va néixer Enreda’t per la Discapacitat, una entitat a Molins de Rei que treballa pels drets de les persones amb discapacitat i per una societat més inclusiva, justa i solidària. Sóc mare, treballadora autònoma i activista. I encara que el camí no sempre ha estat fàcil, cada pas m'ha fet més conscient del que veritablement importa: l'amor, la entrega i la capacitat de donar sense esperar res a canvi. He descobert que quan lluitem pels altres també ens transformem a nosaltres mateixos, i que la diversitat és un tresor que ens ensenya a mirar la vida amb més humanitat. Avui em sento plena i agraïda. Els meus tres fills són la meva força i la meva inspiració. Gràcies a ells sóc la dona que sóc : una dona lluitadora, que continua aprenent cada dia, i que creu profundament que el món pot ser un lloc millor si el construïm des del respecte, la inclusió i l'amor.

Eva

Nací en Eslovaquia y llevo casi veinticinco años viviendo en Cataluña. Tengo 44 años y dos hijas. Cuando pienso en mi vida, la imagino como un “bachillerato” de pruebas: obstáculos constantes que me han obligado a aprender a resistir y a recomenzar. Llegué a España con 19 años, creyendo que venía a trabajar. Los primeros días parecían normales, pero pronto entré en una realidad de control, miedo y violencia. Salir de allí fue posible, pero el impacto me acompañó durante mucho tiempo. Después vinieron otras relaciones, nuevas formas de soledad y etapas de consumo. Hubo momentos en los que logré estabilidad: trabajé, dejé las drogas, intenté construir una vida tranquila. Pero el desgaste acumulado fue grande y no siempre pude sostenerme. La maternidad fue un punto de anclaje y también de lucha. Proteger a mis hijas me dio fuerza para intentar salir adelante una y otra vez. Hoy vivo en la calle. No es el final de mi historia, sino el lugar en el que me encuentro ahora. Sigo buscando estabilidad, apoyo y un espacio donde poder vivir sin miedo. He sido muchas cosas —fuerte y frágil, estable e inestable—, pero, pase lo que pase, no dejaré de creer en un futuro mejor.

Gabriela

Nací el 25 de diciembre de 1968 en la ciudad de Puebla de los Ángeles, México. Tuve una infancia feliz, creando, jugando y compartiendo con mis hermanas. A los 7 años ya era toda una artista de la pintura creativa, ganando varios premios de pintura infantil, incluso internacionales. Todo iba muy bien hasta que cumplí 13 años, cuando mi padre cayó enfermo de cáncer de esófago. Fueron cuatro meses muy difíciles para toda la familia. Un 21 de octubre, a las 7:30 de la mañana, mi padre falleció en los brazos de mi madre, quien no había tenido descanso alguno por cuidarlo. A partir de ahí, mi madre tuvo que trabajar y mis hermanas y yo quedamos prácticamente solas, ya que ella trabajaba todo el día y apenas nos veíamos. No quedó otra opción más que adaptarnos, en una etapa difícil entre la pubertad y la adolescencia. Desde ese momento comenzaron vacíos en mi vida. Pasaron los años y, al cumplir 19, con un chico que era mi novio, tuve que casarme porque estaba embarazada. Fue un embarazo bastante complicado: tenía placenta previa y, a los seis meses, debido a las constantes hemorragias que me provocaba esta condición, tuve un parto prematuro. Tuvieron que hacerme una microcesárea. El bebé nació muy débil, con insuficiencia cardíaca, y falleció. Otra pérdida en mi vida. No había pasado más de un año cuando volví a quedar embarazada. Esta vez fue un embarazo fabuloso, sin el menor problema, y tuve un hermoso bebé varón. Ese día fue el más feliz de mi vida. Era un niño hermoso, muy deseado, al que llamamos Rodolfo, el primer nieto de la familia. Todos estábamos felices. Cuatro años después tuve una niña hermosa a la que llamamos María Fernanda. Sin embargo, mi matrimonio pasó por muchísimos problemas, ya que el padre de mis hijos era muy mujeriego y siempre tenía otras relaciones. Finalmente, terminamos divorciándonos. Toda mi vida he trabajado; soy maestra de Educación Básica, y con mayor razón lo hice para poder sostener a mis hijos. Pasaron los años, mi hijo estudió Ingeniería, se graduó y obtuvo un muy buen trabajo en GM. Un 1 de julio, día en que en México se celebra el Día del Ingeniero, salió a celebrar con sus amigos. Además, ese mismo día se mudaba a una casa nueva en otra ciudad. A la mañana siguiente, el 2 de julio de 2016, alrededor de las 7 de la mañana, tuvo un fatal accidente en el que perdió la vida, con tan solo 26 años y un futuro prometedor. Otra pérdida profundamente dolorosa. A partir de ese suceso, entre la confusión y el duelo, sin saber por dónde empezar, tomé la decisión de venirme a vivir a España. Aquí comenzó una nueva historia: un país nuevo, otra cultura, y el proceso de duelo migratorio y reinvención, haciendo y viviendo de manera diferente, pero sobre todo adaptándome e integrándome. Amo Barcelona. He vivido duelos muy fuertes. Esto ha generado grandes cambios en mí; han sido procesos largos y difíciles. Me ha quedado claro que mi mayor aprendizaje ha sido agradecer cada cosa que he tenido: cada persona que llega a mi vida, cada lugar, cada momento, cada vivencia, y entender que nada es para siempre. Por eso agradezco cuando llega y cuando se va. Y lo más importante: me tengo a mí misma y vivo cada día como si fuera el único. Actualmente vivo sola en Barcelona y nuevamente agradezco a toda la gente que se ha vuelto familia en este maravilloso país: seres maravillosos, incondicionales, generosos y que han confiado en mí. Vivo en infinita gratitud hasta el día que me toque partir.

Elena

Nací en una familia sencilla en la que no me faltó nunca nada. Cuenta mi madre que desde bebé nunca le dejé que me pusiera un lacito en el pelo, un vestido o algo de color rosa. Siempre me ha gustado vestir alternativa: robarle los pantalones a mi hermano, llevar ropa varias tallas más grandes y botas de montaña… La sensibilidad a flor de piel por naturaleza y se vio aumentado el dramatismo en el momento que, por un accidente, el lagrimal de mi ojo derecho está cerrado y llora 24/7. Con siete años descubrí el fútbol y desde entonces no he dejado de jugar. Aunque también me encantaba la gimnasia artística y lo practiqué hasta los 16 años. De pequeña estaba obsesionada con la radio y soñaba ser técnico de sonido; me imaginaba toda la vida delante de una gran mesa de sonido, entre micrófonos, cables, entrevistas y música…aunque se me olvidó el pequeño detalle que esta profesión era tradicionalmente un espacio de hombres. Paralelamente iba a un esplai (centro juvenil) donde sin querer, se estaba sembrando la semilla de un vínculo muy fuerte con el mundo social, con el voluntariado local y exterior, con el mundo salesiano… Ahora con perspectiva, sé que esta parte es ahora pieza gigante del puzzle de quién soy ahora, ¡mi columna vertebral! Puse dirección a lo que se supone que no debería hacer y estudié Electrónica (en la secundaria una profe me dijo que hacía bien de elegir un ciclo ya que no podía optar a nada mejor, así que creí que era el camino correcto) y a continuación Sonido. Era la única chica de la clase y viví situaciones que en aquel momento no fui consciente de lo graves que eran hasta años después, que, como una estrella fugaz, han ido apareciendo en mi mente y agradezco mi inocencia del pasado. En las pocas ocasiones en las que he podido estar en el mundillo del sonido, se me ha tratado diferente por el simple hecho de ser mujer en un oficio tradicionalmente de hombres. Al acabar de estudiar y con la crisis económica de 2010, me frustré al no encontrar el trabajo soñado. Sentía que había llegado a la cima de la montaña, que había atravesado la meta de una carrera y estaba perdida, bloqueada al no poder trabajar en una radio y no sabía qué camino tomar a partir de ese momento. Necesitaba sentirme útil, trabajar con una jornada normal… pero no había oportunidad. Me daba miedo migrar a un país europeo que no conocía, así que a finales del 2012 hice la maleta y me mudé a Tánger. Tracé plan A,B,C y Z. Aprendí a no tener miedo, a acoger las cosas como llegaban, a no crear expectativas o proponerme objetivos, a dejarme sorprender…y sigue siendo todavía mi mantra. Así que entre que mi “sueño” no salió cómo imaginé de pequeña y que no me acababa de sentir cómoda en el mundillo sonido, guardé el sueño en una cajita y la dejé al fondo de mi mente. Tiempo después volví a Terrassa para trabajar en varios sitios y entrar en el mundo social. A la vez seguí pasando tiempo en Marruecos e Italia como voluntaria… Más tarde me mudé por un año a Marseille con la oportunidad de probar otro oficio fuera del mundo social, hacer un parón, cambiar de aires y tener tiempo para repensar mi camino. ¡Volví con ganas de ver qué caminos alternativos se me presentaban en la vida y cogerlos, aunque sin querer me convertí en un robot y perdí el norte! Estos últimos cuatro años han sido una locura: he vivido situaciones difíciles, duelos en los que se me ha desmontado un poco la vida, he ido con el piloto automático para sobrevivir, he tenido que reconstruirme, curarme y cuidarme. Siempre he acabado escogiendo el camino alternativo, no he seguido el sendero que se suponía que tenía que seguir, soy un puzzle de todas las personas que me he cruzado en mi vida, no he hecho lo que se supone que socialmente debería hacer en cada etapa de mi vida, soy consciente de los privilegios que tengo por haber nacido en este hemisferio, se me ha etiquetado de mil maneras por mi forma de vestir, por los espacios que he ocupado, por las decisiones que he tomado y por creer que existe un mundo más amable para todas las personas es posible y mi encargo en esta vida es aportar mi granito de arena para intentarlo.

Luisa María 

Actualmente tengo 28 años. Sé que el ser madre no es el tema principal, pero para mí lo es un poco. Ser mamá era para mí la ilusión más bonita y temerosa que tenía, y el ser madre cambió mi vida por completo Junto con ello también el miedo de ser emigrante en un país donde es una lucha día a día por salir adelante y en embarazo era un miedo más grande aún. Entre lágrimas, dudas y días solitarios, fui descubriendo mi propia fuerza. Y aunque el miedo seguía allí, el amor por mi pequeña hacía que todo fuera un poco más llevadero.

Jamaica

Mi vida ha estado marcada por el desarraigo desde muy pequeña. Fui adoptada con seis años y llegué a España siendo aún una niña. Volví una sola vez a mi país, pero nunca sentí que perteneciera del todo a ningún lugar. Durante años viví con una familia de acogida, estudié y parecía que mi vida empezaba a tomar forma, hasta que los trámites se rompieron y a los once años fui devuelta a un centro de acogida sin haberlo elegido. Allí comenzó una etapa oscura: el miedo, la confusión, la sensación constante de no estar a salvo. Un año después sufrí una agresión sexual que marcó mi cuerpo y mi mente para siempre. A partir de ahí pasé por distintos centros, cambiando de lugar como si mi vida no pudiera echar raíces. El deporte fue mi refugio, la forma de mantenerme ocupada para no pensar. A los dieciséis años quise dejar de estar sola. Quise vivir, tener amistades, salir, sentirme joven. Pero me cortaron el contacto con mi familia y empecé a perderme. Fugas, consumo ocasional, más castigos. Me llevaron a un centro aislado en la montaña donde pasé tres años sin visitas, sin salidas y con mucha violencia. Salí de allí rota, pero viva. Al cumplir los dieciocho me fui sin papeles y empecé de cero. Dormí en hosteles, en la calle, sobreviviendo día a día. En ese momento apareció una persona clave en mi vida, alguien que me tendió la mano cuando más lo necesitaba y me ayudó a conseguir los documentos que hoy me permiten seguir adelante. Desde niña he tenido dificultades para aprender, para leer y escribir, y he cargado con heridas invisibles como la desnutrición, el abandono y el miedo. Aun así, sigo aquí. Hoy no puedo decir que ya sea feliz, pero estoy construyendo la felicidad poco a poco. Vivo entre Girona y Barcelona, buscando mi lugar en el mundo, aprendiendo a cuidarme, a escucharme y a creer que mi historia no termina en el dolor. Paso a paso, sigo viva.

Estel

L’Estel és una jove que irradia vida, energia i esperança. Des que va arribar al món ha estat un exemple d’alegria i valentia, ensenyant-nos que la veritable força està en la capacitat d’afrontar cada repte amb un somriure. Als dos anys, la seva vida va donar un gir inesperat: va ser diagnosticada de leucèmia. Van ser temps d’hospitals, quimioteràpia i molta incertesa, però també de demostracions constants de coratge. Durant dos anys va lluitar amb una fortalesa admirable i va tirar endavant amb èxit, sense deixar de contagiar llum i optimisme als qui l’envoltaven. La síndrome de Down forma part de la seva història, però mai ha definit els seus límits. Molt al contrari, l’Estel ha demostrat que, amb esforç, suport i confiança, les persones amb discapacitat poden aconseguir els seus somnis i aportar un valor immens a la societat. El seu pas per l’escola ordinària i, més tard, per l’escola d’educació especial va ser una mostra més de la seva capacitat d’adaptació, d’aprenentatge i de superació constant. En els últims dos anys, l’Estel va cursar un PFI adaptat d’auxiliar d’establiments hotelers. Amb constància i entusiasme va aconseguir obtenir el títol, obrint la porta a una nova etapa: la de buscar una ocupació en un sector que la motiva i que li permetrà demostrar totes les seves habilitats. Però el més important no està només en el que ha estudiat o en el que ha superat, sinó en el que representa. L’Estel és un recordatori constant que la diversitat ens enriqueix, que cada persona, amb els seus talents únics, té alguna cosa valuosa a aportar. Ella ens mostra que les persones amb discapacitat no són “diferents” en el sentit de la manca, sinó en el de la riquesa i l’autenticitat. L’Estel és lluitadora, és exemple, és inspiració. La seva història parla de barreres derrocades, de somnis complerts i de molts més que estan per venir. La seva capacitat per transformar el difícil en esperança i el quotidià en extraordinari és el que la converteix en una dona que mereix ser admirada. Els qui la coneixen saben que la seva vitalitat és contagiosa, que el seu somriure il·lumina i que la seva presència deixa empremta. L’Estel ens convida a mirar la vida des d’una altra perspectiva: la de la inclusió, la del respecte i la de l’amor incondicional.

Viviana

Durante mucho tiempo me costó hablar de mí y de lo que viví. Migré en busca de un lugar seguro, intentando alejarme de situaciones que me hicieron perder la tranquilidad y el rumbo. La relación con el padre de mi hijo dejó heridas profundas, difíciles de nombrar, y más adelante atravesé experiencias que pusieron a prueba mi libertad y mi fortaleza. Hubo silencios largos y momentos de mucha soledad. Sin embargo, incluso en medio de todo, algo dentro de mí siguió sosteniéndome. Poco a poco aprendí a escucharme, a cuidarme y a comprender que mi historia no se reduce a lo que viví, sino a cómo decidí continuar. Hoy escribo desde la calma que fui construyendo con el tiempo. No para señalar, sino para sanar. Mi vida es testimonio de una mujer que atravesó la oscuridad y eligió transformarla en aprendizaje, fuerza y amor propio.

Alexandra

Nací en Polonia en 1985, en un contexto familiar atravesado por el alcohol, las ausencias y la inestabilidad. Mi infancia fue una sucesión de mudanzas, rupturas y cuidados que no siempre llegaron. Aprendí pronto a ser “fuerte”: a adaptarme, a aguantar, a salir adelante como pudiera. Fui madre muy joven. En mi vida hubo etapas de trabajo y de responsabilidad, pero también relaciones que me dejaron heridas profundas: violencia, golpes, control, miedo. A veces intentaba reconstruirme y lo conseguía durante un tiempo; otras veces volvía a caer. Mi historia no es lineal: es una lucha constante entre la supervivencia y el deseo de estar bien. Durante años logré sostenerme: trabajé, alquilé habitaciones, dejé el alcohol y el tabaco, intenté volver a una vida tranquila. Pero el desgaste acumulado fue enorme. Hubo un momento en que me quedé sin fuerzas, dejé el trabajo y, sin saber muy bien cómo, terminé en la calle. Hoy vive en Barcelona, en situación de sinhogarismo. Habla con una mezcla de crudeza y lucidez: sabe lo que ha perdido, pero también lo que ha resistido. No se define como víctima. Se define como alguien que, incluso en medio del caos, sigue buscando un lugar donde descansar sin miedo y recuperar su vida.

Vanesa

Mi infancia fue difícil: el alcohol estuvo muy presente en casa y, desde pequeña, asumí responsabilidades que no correspondían a una niña. Cuidé de mis hermanos y aprendí pronto a sostener a otros antes que a mí misma. Empecé a trabajar muy joven: en bares, discotecas, restaurantes y fábricas. El alcohol llegó a mi vida siendo adolescente, primero como algo cotidiano y, con el tiempo, como una dependencia. Aun así, durante muchos años seguí trabajando, levantándome y cayendo una y otra vez. Las relaciones tampoco fueron un lugar seguro. He vivido maltrato físico y psicológico, consumo compartido y rupturas que me dejaron sin red. Intenté volver a empezar varias veces, pero el desgaste fue grande. Hoy vivo en la calle. No tengo claro dónde dormiré esta noche. El alcohol sigue siendo mi mayor lucha: es la droga más difícil porque está en todas partes y parece inofensiva. Aun así, sé algo con certeza: valgo. Busco seguridad, un trabajo, un piso, una vida sencilla. Y volver a encontrarme conmigo misma, en medio de todo.

Bayan

Mi historia no comenzó en mi año de nacimiento, sino en 1948. Soy una joven palestina cuya familia vivía en la ciudad de Al-Ramla, una ciudad palestina situada dentro de la Línea Verde, que actualmente está ocupada por Israel. Hoy, una familia israelí vive en la casa de mis abuelos. Mi abuelo falleció con la llave de su casa aún en el bolsillo, creyendo que algún día regresaríamos. Fuimos desplazados por la fuerza a campos de refugiados. Nunca he visto la ciudad a la que pertenezco ni he podido visitarla en mis 28 años de vida. Hoy, mi familia y yo somos oficialmente refugiados en nuestra propia patria. La ocupación israelí robó casi diez años de la vida de mi padre en prisión, desde 1984 hasta 1990. En aquel momento, él no pertenecía a ningún partido político; solo era un joven que defendía su tierra, su hogar y su familia. Durante esos años sufrió torturas, hambre y humillaciones. Hoy está jubilado, tras haber trabajado como bombero, pero aún carga con secuelas físicas y psicológicas de aquellas experiencias. Debido a la lucha de mi padre contra la ocupación, mis hermanos y yo hemos sufrido constantes acosos en los puestos de control israelíes. Aunque no pertenecemos a ningún movimiento político, somos tratados como sospechosos. Nos detienen durante horas, nos exigen documentos, nos registran e incluso nos desnudan. Una de las experiencias más traumáticas ocurrió en 2019, un viernes, cuando viajábamos con mis padres y mi hermana de Ramala a Jericó. Al desviarnos por error, nos topamos con un puesto de control israelí, donde los soldados nos rodearon gritando y apuntándonos con sus armas, mientras los perros ladraban violentamente. Fue uno de los momentos más aterradores de mi vida. Nos registraron, nos humillaron y le arrancaron el velo a mi madre. Aún recuerdo los gritos de mi padre intentando defendernos en hebreo, idioma que aprendió en prisión. Otro día imborrable fue el 4 de agosto de 2021, el día de mi boda. Celebramos nuestra unión en Nablus. Esa noche, al regresar a Jenín con mi esposo, fuimos detenidos por soldados en un puesto de control a las 11 de la noche. Nos retuvieron durante horas, como si quisieran destruir nuestra felicidad. Finalmente nos dejaron pasar, pero nuestra alegría ya se había transformado en angustia. Ese día, que debía ser el más feliz, quedó marcado como una amarga memoria. Tras el matrimonio, los acosos aumentaron, ya que la familia de mi esposo también es conocida por su resistencia. Él mismo tiene una herida causada por la ocupación y es considerado una amenaza. En enero de 2023 perdimos a su primo, el niño mártir Mohammed, quien fue asesinado tras haber estado cantando con nosotros la noche anterior. Su muerte dejó un dolor indescriptible. Mi esposo no pudo soportar más vivir en Jenín y decidimos mudarnos a Ramala en busca de un poco de paz. Sin embargo, las redadas nocturnas y el lanzamiento de gases lacrimógenos continuaron incluso allí. En junio de 2023, las fuerzas israelíes volaron la casa de un vecino prisionero, causando daños en nuestros hogares y una sacudida emocional enorme. El estruendo, el polvo y el terror fueron indescriptibles. El 7 de octubre de 2023 estalló la guerra en Gaza y nuestras vidas se paralizaron. Perdimos nuestros trabajos; el miedo y la inseguridad se apoderaron de todo. Los precios se dispararon y la vida se volvió insostenible. El 13 de febrero de 2024, estando embarazada de tres meses, decidimos viajar a Jericó para asistir a un funeral familiar. En el puesto de control (DCO), los soldados nos humillaron, se produjeron enfrentamientos y fui alcanzada por gases lacrimógenos y agua contaminada. Detuvieron a mi esposo, lo desnudaron y lo separaron de mí. Sola y aterrorizada, comencé a sangrar y temí perder a mi bebé. Logramos llegar al hospital en Ramala, donde recibí atención médica, aunque seguía en riesgo. El 23 de abril de 2024, cuando estaba embarazada de seis meses, Ramala fue invadida nuevamente. Los gases lacrimógenos se filtraron en nuestro hogar a pesar de tener las ventanas cerradas. Volví a sangrar, con un miedo profundo a perder a nuestro primer hijo. Tras muchas dificultades, conseguimos llegar al hospital. El 25 de mayo de 2024 visitamos a nuestra familia en Jenín. Pasamos por cuatro puestos de control y, en el último, un oficial israelí miró mi vientre y dijo en árabe: “Ese niño que aún no ha nacido, lo mataremos antes de que crezca.” Esa frase me desgarró el alma. Comprendimos que no podíamos quedarnos más en Palestina. No podíamos permitir que nuestro hijo creciera en un entorno así. Pensamos entonces en un país que pudiera ofrecernos seguridad. Mi esposo dijo: “España”. El país que recientemente reconoció al Estado palestino. Sentimos que allí podríamos comenzar de nuevo. Vendimos nuestro modesto auto, preparamos los documentos y partimos. Tres días antes de irnos, otro niño de la familia de mi esposo, Murad, fue asesinado por el ejército. Salimos el 25 de junio de 2024 hacia el Puente Allenby. Con un certificado médico como justificación, soportamos horas de inspección hasta obtener el permiso de salida. Al día siguiente, volamos desde el Aeropuerto Reina Alia, en Jordania. El 26 de junio de 2024 aterrizamos en España. Este país que reconoció nuestro derecho a existir, que nos ofreció paz cuando el mundo nos dio la espalda. Aquí comienza nuestra nueva vida. Aquí empieza el sueño de un futuro mejor para nuestro hijo. Gracias España.

Dayane

Clara

Tengo una discapacidad grave de nacimiento, compuesta por una deficiencia visual importante y una disfunción motora que afecta a la coordinación de movimientos y al equilibrio. El mundo no está diseñado para las personas con discapacidad grave, pues siempre soy yo, junto con mi familia quien, a través de adaptaciones físicas o humanas y, sobre todo, con un mayor esfuerzo, me tengo que ir adaptando a las distintas situaciones y actividades. Si tengo que definir mi historia hasta ahora, diría que se ha caracterizado por un cambio constante de rumbo, por una parte, por los límites que la sociedad y sus instituciones me van imponiendo y por otra, los que me impone la propia discapacidad. Gracias a la aparición de la informática, la ayuda de la familia y de la CRE, estudié en escuelas ordinarias y, me licencié en derecho en la UAB, donde hay un servicio de atención a los estudiantes con necesidades especiales que funciona muy bien, PIUNE. Posteriormente, estudié judicatura durante 7 años. A la vista de las grandes dificultades con las que me encontraba, la imposibilidad de llegar al objetivo con éxito y que, como todo el mundo, tengo que trabajar, decidí estudiar en el sector administrativo, pensando qué la informática estaría más implantada en este sector, por ello hice cursos y actualmente estoy estudiando oposiciones. En la judicatura tenía que manejar 323 temas, lo que suponía que, para llevar un ritmo óptimo, era necesario estudiar y repasar 30 temas por semana, lo cual con mis circunstancias era imposible. Necesito ir a un ritmo más lento y con menor carga, no por falta de capacidad de estudio sino, por las dificultades en el acceso a la información y los daños colaterales que provocan las adaptaciones (dolores de espalda, entre otros). En general, los planes de estudio son muy rígidos y no son para todas las personas a pesar de cumplir los requisitos de acceso. Paralelamente, el deporte siempre es una gran herramienta para cultivar mi salud. A los 15 años empecé a hacer ciclismo en tándem en ONCE, en 2014 Crossfit en el box de Les Corts, culminando con la realización de la carrera Spartan Race junto a 2 voluntarios y un grupo de compañeros. Ahora hago ejercicio físico para mantenerme, pero, se me hace difícil encontrar actividades adaptadas y transversales. Desde la infancia he pintado composiciones abstractas con la ayuda de programas informáticos básicos y en 2019 a raíz de una propuesta que recibí para exponer mis dibujos, por parte de Josep Farré del Centre Cívic Font de la Guatlla, empecé a hacer una serie de 14 exposiciones, en diferentes Centros Cívicos de Barcelona. Desde hace 3 años trabajo, a media jornada, en un quiosco de la ONCE, compaginándolo con el necesario ejercicio físico y, a estudiar cursos que me puedan ser útiles.

Debora

No recuerdo cómo fue antes, pero sé que mi historia empezó rodeada de miedo. Mi madre era muy joven y tenía miedo de no poder cuidarme. Mi padre no estuvo. Durante un tiempo pensaron que quizá no llegaría a nacer, no porque no me quisieran, sino porque el mundo parecía demasiado grande y difícil. Entonces llegó mi abuela. Ella dijo que sí. Dijo que podía. Hizo los papeles, habló con quien hacía falta y me abrió su casa. Hoy vivo con ella. Ella me cuida, me acompaña y me da la seguridad que necesito para crecer. Es mi abuela y también es quien hace de madre. Vivo también con mi madre biológica, con mis tíos y mis primos. Crezco rodeada de mujeres que me miran, me sostienen y me enseñan a confiar. Cada una me cuida a su manera, y juntas han construido un hogar para mí. Yo no sé de decisiones difíciles ni de trámites largos. No sé de miedos antiguos. Sé de brazos, de voces, de una casa donde siempre hay alguien. Sé que cuando lloro, alguien viene. Sé que no estoy sola. Tengo dos años. Estoy aprendiendo a caminar, a hablar, a mirar el mundo sin miedo. Mi historia no empieza con lo que faltó, sino con quienes se quedaron. Y eso es lo que me sostiene.

Corina

Soy tímida y algo vergonzosa, y eso me llevó a pasar por momentos de soledad. Con el tiempo aprendí que estar sola no es malo; también es una forma de conocerse a una misma. Siento que dentro de mí vive otra personita que, a veces, sale a cantar, a bailar y a lanzarse a nuevas aventuras, dejando la vergüenza de lado. La enfermedad llegó en mi mejor momento. Dejé muchas cosas atrás y aprendí a convivir con ella, ya que durante mucho tiempo no encontraba respuestas ni un diagnóstico claro. Hoy convivo con nistagmo, una condición que forma parte de mi vida y de mi manera de mirar el mundo. Cada día lucho por lo que quiero y me esfuerzo por seguir creciendo. Agradezco a Dios, al universo y a la vida por seguir aquí, y por encontrar en el camino a personas maravillosas.

Daniela

Al analizar un poco mi vida, me doy cuenta de que son muchas pequeñas historias de superación, algunas incluso casi imperceptibles, las que me han traído hasta aquí. Tal vez la más arriesgada de todas fue cuando decidí dejar mi tierra natal y emigrar sola a otro continente, en una época en la que el uso de internet era muy distinto a la realidad actual. Abandonar todo aquello que me daba seguridad y sensación de hogar. Hoy pienso que fue mi irresponsabilidad, sumada a un enorme deseo de vivir y conocer cosas nuevas, lo que me impulsó a hacerlo. Saber que puedo valerme por mí misma y que pude hacer realidad lo que soñé sin pasar por encima de nadie ni negociar ninguno de mis valores es un gran motivo de orgullo para mí. Hubo, por supuesto, tiempos difíciles, pero gracias a la presencia de personas maravillosas que me crucé en el camino, y a la esperanza, la fe y la luz cotidiana, aquí estoy.

Cristina

Actualmente tengo 53 años. Siempre digo que he nacido tres veces. La primera vez que nací fue un 18 de julio en Barcelona, en el seno de una “familia” que ya se estaba rompiendo. Mi padre estaba ingresado en otro hospital, esperando un trasplante de riñón que nunca llegó. Mi madre también estaba hospitalizada. Al poco de nacer, una hermana de mi padre me llevó con ella a Valencia para que mi madre pudiera ocuparse de él. No conocí a mi padre. Falleció poco después de que yo naciera. Era la pequeña de cuatro hermanos. Mi madre, con solo 28 años, se encontró viuda y con cuatro hijos. Su vida no fue fácil. Mi madre volvió a por mí y empezamos una vida “en familia”. Mis hermanos mayores —el mayor me sacaba seis años— estaban internos en un colegio, así que solo quedábamos mi madre y yo. Pero esa tranquilidad duró poco. Con tres años empecé a tener fiebres muy altas y a perder el equilibrio. Dejé de comer, dejé de caminar. El médico decía que eran “calenturas de crío”. Por suerte, alguien nos metió en un coche y nos llevó a un hospital. Tenía meningitis, de las graves. El pronóstico era muy malo: había pasado demasiado tiempo y no sabían si saldría de esa, ni qué secuelas tendría. Estuve dos meses en coma. Salí con todo el lado derecho paralizado y tuve que aprender de nuevo a caminar, a comer, a hablar. Me quedaron secuelas de por vida: hemiplejia facial y corporal derecha, y sordera de un oído. De esa salí. Ahí volví a nacer. Cuarenta y cinco años después, en mi puesto de trabajo, justo antes de la gran pandemia, empecé a ver doble. Desde hacía meses se me olvidaban palabras. —Es estrés, me decían los médicos. Pero ver doble no encajaba con el estrés. Me subía la tensión, me llevaban a urgencias, una pastilla bajo la lengua y para casa. Volví cuatro veces más en tres meses. Siempre la misma respuesta: estrés. Durante la primera ola de la pandemia, mientras estaba con el ordenador, se me “durmió” un dedo. Luego la mano. Luego el brazo. No quise asustar a mi hija. Fui al baño a mirarme al espejo y noté cómo se me dormía media lengua y el ojo derecho se caía de su sitio. Ahí supe que no era estrés. Subí las escaleras como pude, llamé a mi marido, me senté en el váter y le dije: —Creo que me está dando un ictus. Y perdí el habla. Mi mente pensaba bien, pero de mi boca solo salían sonidos sin sentido. No movía nada de mi lado derecho. Eran los primeros días de la pandemia. No era un ictus. No era estrés. Era un tumor cerebral de seis centímetros. Había que operar de urgencia: riesgo de muerte, riesgo de secuelas graves. No había elección. Ahí volví a nacer. Salí de la operación con secuelas muy importantes: no caminaba, no hablaba bien, no recordaba muchas cosas, babeaba. Empezó la epilepsia. —¿La sumamos a la lista? La recuperación fue lenta, dura y dolorosa. Mi salud física era mala, pero la mental lo era aún más. Pasé de ser independiente, trabajar, conducir, entrar y salir de casa sin dar explicaciones, a depender de todo el mundo para todo. Y eso ocurrió en cuestión de meses. Cuando empezaba a recuperarme, ocho meses después, mi lado izquierdo comenzó a temblar de forma muy brusca. Pensamos que era la medicación. No lo era. —Tienes Parkinson, Cristina. Ahí no volví a nacer. Ahí creo que me morí un poco. Caí en un pozo muy profundo. No quería ver a nadie, no quería hacer nada, mi vida no tenía sentido. Mis sombras eran mis únicas compañeras. Tres años después del diagnóstico puedo decir que soy otra persona. No diré que soy más feliz que antes de la meningitis, del tumor o del Parkinson, pero sí veo la vida de otra manera. Soy más tolerante, más cariñosa. Ahora soy “Cristina, la de los abrazos”. Las enfermedades me enseñaron que lo importante cambia. Y algo más: los amigos que se hacen en este camino son de verdad. De todo esto he sacado fuerza. He creado, junto a otras personas, una asociación de Parkinson. Hemos logrado una unidad específica para Parkinson precoz en un hospital, organizamos mercadillos solidarios, donamos juguetes a plantas pediátricas, hacemos meriendas en hospitales de día y acompañamos a quienes llegan nuevos a esta enfermedad para que no se sientan solos, como me sentí yo. Tengo 53 años y siempre digo que he nacido tres veces. He pasado por una meningitis, soy sorda de un oído, he tenido un tumor cerebral, soy epiléptica, tengo Parkinson y colitis ulcerosa. Si yo no me quejo, no lo hagas tú. Porque después de una tormenta, a veces, sale el sol.

Elena

He nacido en 1985 en la zona costera de un pequeño país llamado El Salvador. La manera en la que me veo a través del tiempo sería como una Rosa del Tiempo, ya que, por razones de la vida, me ha tocado moverme en diferentes direcciones. A mis cortos seis meses de edad, mi padre se quitó la vida y murió prácticamente estando los dos solos en casa. Luego tuvimos que huir a las montañas porque mi país estaba en guerra y toda mi familia se encontraba en peligro. Con el tiempo, mi madre, al estar sola conmigo y con mi hermana mayor, tuvo que ir a trabajar a la capital, dejándonos a las dos con nuestra abuela. Éramos muy pobres: no teníamos ni luz ni agua, pero, de cierta manera, éramos felices. Pasado el tiempo, también tuvimos que ir a vivir a la capital para poder ir a la escuela. Vivimos allí cinco años y después nos cambiamos a las afueras, donde tuve a mi primera hija. Mi país es muy inseguro, por lo cual me tocó ser una chica muy lista y despierta ante los acosos de muchos hombres y personas malas. Con el tiempo tuve que prepararme para un nuevo viaje, pero esta vez era más lejos y mucho más doloroso, porque tenía que dejarlo todo para poder salir adelante. De esa manera viajé a Europa, lugar donde nació mi segundo hijo. Nada ha sido fácil durante mi ausencia, al tener que partir mi corazón en dos, ya que he tenido que dejar a mi hija y a mi familia, y aún me hacen demasiada falta. Quizás aún tenga que dar la vuelta al mundo, alistar mis maletas, mis velas y un ancla para construir de nuevo un hogar. Por eso me identifico como una Rosa del Tiempo.

Carmen

Nací en La Habana, donde a los 12 años descubrí una pasión que marcaría mi vida: el tenis de mesa. Tres años más tarde, ya formaba parte de la selección nacional absoluta, compaginando siempre mi carrera deportiva con los estudios, hasta licenciarme en Cultura Física y Deportes. Mi trayectoria me llevó a recorrer más de 40 países, representando a mi país con orgullo y alcanzando uno de los hitos más importantes de mi vida: la primera medalla de oro en los Juegos Panamericanos en la modalidad de dobles, un récord que se mantuvo intacto durante 38 años. Pero más allá de las victorias, mi mayor orgullo ha sido acompañar a nuevas generaciones como entrenadora, guiando a jugadores y jugadoras que llegaron a cumplir sus sueños en campeonatos regionales, panamericanos y hasta en Juegos Olímpicos. El deporte me enseñó a forjar un carácter decidido, a confiar en mí misma y a vivir con generosidad hacia los demás. Aprendí que cada reto es una oportunidad de crecer y que las habilidades que cultivamos con la práctica deportiva sirven también para afrontar los grandes desafíos de la vida. Actualmente, sigo vinculada al deporte y la salud, así como en la formación y perfeccionamiento de jugador@s de tenis de mesa. Formo parte de un proyecto pionero que utiliza el tenis de mesa como herramienta de bienestar para personas con párkinson, una experiencia que me recuerda cada día el poder transformador del deporte. Mi historia es la prueba de que con disciplina, confianza y pasión no solo se abren caminos y se conquistan sueños: también se inspira a otros a creer en sí mismos y a escribir su propia historia de superación.

Rita

Nací en Lituania y llevo más de veinticinco años viviendo en España. Soy madre de un hijo de quince años, mi mayor orgullo, que vive en Sant Boi. Nunca me he casado: he elegido caminar sola, acompañándome a mí misma. Durante una etapa de mi vida fui pareja de David Bosch, posteriormente condenado por asesinato. Convivir con él supuso atravesar episodios de violencia extrema y situaciones que marcaron profundamente mi cuerpo y mi mente. Fueron experiencias de gran dureza, difíciles de nombrar, que dejaron huellas profundas. Sin embargo, esa violencia no me define. Soy una mujer fuerte y luchadora. Con el tiempo he conseguido sanar, recuperar la calma y volver a sostenerme a mí misma. La Cruz Roja ha sido un apoyo importante en este proceso: un lugar donde he encontrado ayuda, humanidad y respeto. Mi historia no habla solo del horror vivido, sino de la capacidad de sobrevivir, reconstruirse y seguir adelante.

Montse

Nací con una enfermedad visual degenerativa. Durante años nadie lo vio, ni siquiera yo. Crecí pensando que todo el mundo miraba el mundo de la misma manera. Con el tiempo fui perdiendo la visión, y con ella muchas certezas. Llegaron los diagnósticos, las operaciones, las esperas. Aprendí a caer, a quedarme quieta, a desaparecer durante un tiempo. Y después, a volver. Hubo un momento en el que dejé de salir, de mirarme, de creer en mí. Hasta que entendí que no podía seguir viviendo desde el miedo. Tuve que reaprenderlo todo: caminar, orientarme, confiar. Aceptar la ayuda. Escuchar el espacio. Hoy camino a oscuras, guiada por sonidos, por la memoria de los lugares y por la presencia de los otros. Me muevo despacio, atenta, consciente. He perdido la vista, pero no la vida. Sigo leyendo, sigo haciendo teatro, sigo saliendo a la calle. Y cuando pensé que ya no podía más, llegó mi nieta y se convirtió en mi motor. Porque no ver no es dejar de vivir. Es aprender a mirar de otra manera.

Esther

A mis 40 años puedo decir orgullosa que estoy en el mejor momento de mi vida. He llegado a ese punto en el que te puedes desprender de la norma, de lo establecido, de lo que se espera de ti, y vas a buscar solo aquello que realmente deseas. Quizás esto se resuma en, sencillamente, no buscar más y disfrutar de lo que has conseguido, sin luchar constantemente, persiguiendo siempre otras metas y siendo permanentemente infeliz porque vives ahogada en esa eterna carrera. He decidido no ser madre; para mí, que he seguido siempre lo que sería un camino de lo más estándar, ha sido un trabajo duro porque sentía precisamente que me estaba saliendo del camino "NORMAL". Me han cuestionado y seguro lo siguen haciendo, pero esta decisión me ha hecho sentir más fuerte, que hay que estarlo para poder remar a contracorriente. Deseo que todas las mujeres tengáis la fuerza suficiente para desafiar los estándares que nos encorsetan y no nos dejan ser nosotras mismas. A veces es muy difícil, pero si os rodeáis de las personas adecuadas el camino se allana y se puede transitar. La vida está para disfrutarla a tu manera, y no a la de los demás. Y cuando lo consigues es maravilloso.

Arawi

Mi historia está atravesada por el movimiento. Nací en Barcelona, pero a los seis años mi vida cambió por completo cuando me fui a vivir a Bolivia. A esa edad no entendía lo que significaba migrar; solo sabía que dejaba atrás lo conocido. Con el tiempo comprendí que ese traslado marcaría profundamente mi identidad. Crecer entre dos países me enseñó a adaptarme rápido. Aprendí a observar antes de hablar, a leer los espacios, a entender cuándo pertenecer y cuándo simplemente estar. Durante años viví con una sensación silenciosa de estar un poco partida: demasiado europea en Bolivia, demasiado latinoamericana en España. Esa dualidad me hizo sensible, consciente, pero también insegura. Estudié diseño de interiores y educación infantil. Dos caminos que parecen distintos, pero que en el fondo hablan de lo mismo: crear espacios seguros. Siempre he sentido la necesidad de construir refugios. Tal vez porque, al cambiar de país tan pequeña, entendí lo importante que es sentirse en casa. Aunque hoy no me dedico profesionalmente a ninguna de esas áreas, siguen formando parte de mí. Me enseñaron a cuidar los detalles, a escuchar, a comprender que cada persona —como cada espacio— necesita tiempo y respeto para mostrarse. El año pasado regresé a Barcelona después de casi toda una vida en Bolivia. Volver fue más complejo de lo que imaginaba. No fue simplemente regresar al lugar donde nací; fue enfrentarme a la pregunta de quién soy ahora. La ciudad había cambiado, pero yo también. Hubo momentos de ilusión, pero también de soledad y desorientación. Sentí que estaba empezando otra vez desde cero, a los 29 años, reconstruyendo amistades, rutinas y certezas. Ese regreso me obligó a mirarme con honestidad. A aceptar que no pertenezco completamente a un solo lugar. Que mi identidad no es fija ni simple. Soy el resultado de dos culturas, dos maneras de sentir, dos formas de entender el mundo. Durante mucho tiempo viví esa mezcla como una contradicción; hoy intento verla como una riqueza. Soy una mujer que ha migrado, que ha dudado, que ha tenido miedo, que ha sentido nostalgia, que ha vuelto a empezar más de una vez. Hoy no digo que tenga todo resuelto. Al contrario. Estoy en proceso. Estoy aprendiendo a reconciliar mis raíces, a abrazar mi historia sin fragmentarla, a permitirme ser múltiple. Y quizás, en esa aceptación imperfecta, es donde empiezo a sentirme verdaderamente en casa.

Emma

Mi historia es enrevesada, triste y está llena de dolor y abuso. No me hace especial ni fuerte, solo traumatizada. Como a cualquier otra mujer. Intenté quitarme la vida la noche anterior a esta sesión de fotos. Simplemente no podía, no creía que pudiera soportar ni un segundo más de “vida”. Para mí, esto ocurre cada cierto tiempo. A veces, cada dos días. A veces el momento es incluso irónico: “Quiero vivir más allá de los 30 si las cosas siguen como están”. No es algo tan descabellado: he luchado por sobrevivir desde que era muy pequeña. Empecé a autolesionarme alrededor de los 9 años y, a los 18, ya había pasado a intentos activos. No mucho después de mi primer intento, comencé a recibir apoyo médico. Era (y a veces sigue siendo, o al menos así se siente) casi inexistente, pero los ISRS me ayudaron mucho. No conseguí encontrar una terapeuta en la que pudiera confiar, y mucho menos que pudiera ayudarme. En ese momento aún vivía con mi “familia nuclear”. Recuerdo una mañana —como cualquier otro día— encerrada en un coche durante más de una hora, con mi madre y mi abuela, abusivas y sádicas. Empecé a llorar y a explicarme, no sé muy bien por qué, quizá pensando o diciendo algo para “defenderme”: “Sé que yo soy el problema. Sé que estoy rota”. ¿Te imaginas que te hagan sentir así todos los días, solo por ser diferente? ¿Por tu propia familia? Nací, me dijeron, me criaron y me inscribieron legalmente (y aún lo estoy) como varón. Privilegiada, además: blanca, de familia acomodada. Eso todavía me sirve a veces. Pero nunca fue suficiente para protegerme. Nunca fue suficiente para evitar que fuera abusada por prácticamente todo el mundo. Casi en cualquier lugar al que iba, la gente parecía gravitar hacia mí con una precisión sádica, como un láser, sabiendo de algún modo que yo “no era lo que aparentaba”. Huí del peligro conocido del lugar del que vengo hacia el Portugal soleado. Fue maravilloso aislarme. Y llegó la pandemia, facilitándolo aún más. Me ahogué en trabajo y deudas, como dicta la cultura. Pero también conocí a mi pareja con la que convivo y adopté gatitos bebés (aunque, sinceramente, ellos me adoptaron a mí, me cuidaron y me salvaron la vida cada día). Portugal, el aislamiento y algunas parejas terribles por el camino hicieron posible que me encontrara a mí misma, pero también hicieron imposible que nuestra relación fuera reconocida legalmente. Habría tenido que pasar por otro cambio de nombre y género en mi país de origen para poder tener un certificado de nacimiento con mi nombre. Apenas podía concebir esa idea sin sufrir un ataque de pánico. Pensarlo me hacía querer morir. Me sentía atrapada, incapaz de moverme o respirar. Mudarnos a Catalunya se presentó como una solución más sencilla a nuestro problema, ya que llevábamos casi dos años en esta situación, obligándonos a estar separadas o a emigrar de forma irregular, una vez más. Ahora estamos legalmente juntas, felices, y haciendo el trabajo —el único trabajo que realmente importa— que es conocerse a una misma, o algo así. (Originalmente escrito con pluma estilográfica sobre papel; en las páginas posteriores hay listas de tareas, notas de suicidio y una pequeña y preciosa nota que mi pareja me dejó para que recordara que soy amada y fuerte).

Neus

Nací en una familia humilde, con medios de vida muy reducidos. Vivíamos con mis abuelos; éramos tres hermanos y un primo al que mis padres adoptaron porque perdió a su familia. De mi infancia recuerdo pocas cosas; de mi adolescencia, más. Yo quería ser médica, pero en casa necesitaban que entrara un sueldo y tenía que trabajar. Yo era la mayor y la diferencia de edad con mis hermanos era de ocho años. Tenía 14 años cuando mi profesor de taquigrafía me colocó en una empresa de aduanas como administrativa. Por fin mi familia podía respirar un poco. Como toda adolescente, hice amigos y, a los 18 años, conocí al que después sería mi marido. Me casé a los 25, ya que a los 18 mi padre —enfermo alcohólico— se marchó de casa y tuve que cuidar de mi madre, de mis hermanos y de mi abuelo. Por tanto, hubo pocas fiestas. Aun estando fuera de casa, mi padre también me necesitaba. Íbamos de hospital en hospital y, finalmente, al psiquiátrico de Santa Coloma. El delirium tremens era habitual, hasta que murió de un infarto en el hospital Vall d’Hebron, a mi lado. Mi madre iba de depresión en depresión, sin trabajo, y tuve que mantenerla incluso después de casarme. Mis hermanos, ya mayores, colaboraron acompañándola y distrayéndola, y su vida mejoró sustancialmente. Pude dedicarme en lo posible a mi vida de pareja y, a los siete años de matrimonio, nació mi hijo. Eso supuso poder llevar la vida que tenía todo el mundo, aunque no sin dificultades. Cuando mi hijo tenía cinco años quedé nuevamente embarazada. Pasé una semana haciéndome pruebas cada día porque no quería más hijos. Mi marido pensó que era mejor no tener más, pero respetó mi decisión. Yo me dejé llevar por los demás y accedí; fui una cobarde. Mi marido sufrió un neumotórax y fue ingresado de urgencia en el hospital. El diagnóstico fueron unas tumoraciones en el pulmón que, al romperse, provocaron el neumotórax. Ese mismo día, al volver a casa, rompí aguas: mi hija venía en camino. Me llevaron a la clínica, donde vieron que al bebé le faltaba oxígeno. Supliqué que salvaran a mi hija y después me durmieron. Al día siguiente pregunté por ella, pero nadie me decía nada y me seguían sedando. Di a luz sin mi marido. Dos días después, un médico se encargó de darme la noticia: mi hija tenía síndrome de Down. A mi marido, en la UCI, le comunicaron que había nacido una niña. Él quiso hablar conmigo y sus médicos me aconsejaron que no le diera la mala noticia. Así que hablé con él por teléfono, y fue la actuación de mi vida. Llevaba cuatro días en la clínica. Cada día me traían a mi hija a los pies de la cama y yo no quería ni mirarla. Fui cruel. Hasta que una enfermera de la nursery me llamó la atención porque era la única bebé sin nombre. Aquello fue un revulsivo. Me dije: “Estás haciendo el imbécil”. Acto seguido la cogí en brazos y no la volví a soltar. Le puse de nombre Gemma, como quería su padre. Al día siguiente fuimos Gemma y yo a presentársela. Sentía un miedo horrible al contárselo, pero la reacción de mi marido fue maravillosa. Fue un hombre entero. A los dos días estábamos todos en casa. Cuando Gemma tenía 10 años y su hermano 15, a mi marido le diagnosticaron un tumor cerebral. Fue operado y, poco tiempo después, aparecieron dos tumores más. El último lo llevó a la muerte, no sin antes sufrir él y todos nosotros. Mientras tanto, yo tenía que seguir trabajando desde el primer día y atender a mis hijos, cargando con el miedo y la pena que llevábamos dentro.

Katherine

Nací en un lugar que hoy para mí es remoto, he paseado por bosques y montañas, también por muchas playas, por la nieve y por sitios áridos. He querido empezar de nuevo en ciudades con muchas luces, en ciudades con idiomas difíciles, en pueblos lejanos y algunos pueblos casi “fantasmas”, La cuestión es, que no he sentido temor de volver a empezar, en cualquier sitio, cualquier cultura o idioma, siempre me integro, veo lo mejor de cada persona. En mi pasaporte, en el espacio de Nacionalidad debería decir: MUJER INMIGRANTE, es que me siento de todas partes. Yo soy Katherine, la madre de tres hombres, que siempre serán los niños de mi corazón, hombres que vieron de frente el abuso y la agresión desmedida del que parecía el más fuerte, sin embargo supe salir demostrando habilidad sin dejar de ser amable y cariñosa con ellos, convencida de que los buenos somos más, que aunque la vida te desilusione a veces, no debemos caer, a veces, reconocer que no podemos con algo, sentirnos derrotadas por un momento y aceptar lo que sucede porque confiamos que siempre es para mejor; también nos fortalece. La vida me ha enseñado que es necesario darnos tiempo a nosotras mismas, a consentirnos, cuidarnos y escuchar con atención, esa voz que muy bajito nos aconseja y nos advierte. Yo soy Katherine, amante de la familia, conservadora de las buenas amistades, una mujer sedienta de conocimientos…me renuevo en cada amanecer, sin sentir vergüenza o tristeza por qué lo que haya hecho, hago o pretenda hacer, porque nunca será para perjudicar ni hacer daño con o sin intención, estoy para crecer y ayudar a crecer a los que me rodeen…

Carmen

Un dia de setembre de 1993 va néixer el meu segon fill, en Pol. Des d’aquell mateix instant, i sense saber-ho, la vida de la meva família —i sobretot la meva— faria un gir completament inesperat. Fins als 3 o 4 anys el seu desenvolupament no era “normal”: no mirava, no reia, no jugava, no interactuava ni amb nens ni amb adults. Era tancat i presentava moltes estereotípies. Malgrat tot això, els pediatres que el visitaven ens deien que tot estava bé. Un dia, a prop dels quatre anys, un neuròleg del CDIAP de Sant Feliu ens va donar la notícia menys esperada i més dura de la nostra vida: “En Pol té T.E.A. (Trastorn de l’Espectre Autista), no té cura i cal que visiteu especialistes”. Des d’aleshores, un allau de sentiments ens va envair enmig d’una gran tristesa: què farem? com tirarem endavant? com el podem ajudar? què serà d’ell quan nosaltres no hi siguem? què ens depararà el present i el futur? com se sent ell? Moltes preguntes. Molta angoixa. Molta solitud. La sanitat pública no et dona solucions ni pautes d’actuació, i la societat, en general, viu d’esquena a la discapacitat. Tot això deriva, a poc a poc, en una subtil dinàmica d’exclusió i aïllament social que implica tot l’entorn familiar. Vas perdent coneguts, amics, vida social, política i de lleure. La relació de parella i l’atenció als altres fills s’han de transformar per adaptar-se a la seva realitat. Tota aquesta tensió, combinada amb les dificultats assistencials del dia a dia, genera un esgotament físic i psicològic molt important. Em feia sentir molt perduda. La vida es torna molt dura. Sobretot per ell, per mi i per tota la família. Alguns dies no pots més, però no pots parar. Has de tirar endavant. Com a persona, de vegades, tens la sensació que desapareixes. Tenir un fill amb autisme, amb un 88 % de discapacitat, trastorn de conducta i sense llenguatge, requereix una dedicació permanent i absoluta. Ho has de fer. Vols fer-ho. Però al mateix temps sents que és profundament injust que tota la càrrega recaigui sobre les dones, sobre les mares. Moltes han de renunciar a la seva vida anterior, a la seva feina, a les seves fites i il·lusions, perquè la societat, de facto, ha decidit que ha de ser així. Les famílies som les que sostenim tot l’entramat sociosanitari. Sense nosaltres, tot l’edifici d’atenció cauria. I això no és just. Ni políticament. Ni socialment. Ni humanament. Això no és només un problema individual. És un problema que afecta milers de dones que cuiden els seus fills les 24 hores del dia, tota la vida. En molts articles apareguts aquests dies es mostren casos com el de la Pepita, de 90 anys, cuidant sola el seu fill de 64 anys amb esquizofrènia, i que encara té força per dir: “No me’n vull anar. Aquí encara faig falta pel meu fill”. Totes estimem profundament els nostres fills. Però això no impedeix que moltes pensem —i algunes s’atreveixin a dir—: “Ojalà la vida fos una altra”. Una etapa especialment dura, per a ell, per a mi i per a tota la família, va ser l’adolescència, aproximadament dels 14 als 23 anys. Amb un 88 % de discapacitat (nivell III en la llei de dependència) i trastorn greu de conducta, en aquesta etapa augmenten exponencialment l’angoixa, l’ansietat, la irritabilitat i les autolesions. La seva afectació, d’origen encara desconegut en la majoria dels casos, comporta condicionants físics i sensorials que li impedeixen gestionar els estímuls externs constants. No podia comunicar-se verbalment. Tampoc ens entenia. La seva autonomia era molt limitada. No encaixava en un món per a ell incomprensible. Als 21 anys, el pas de l’escola especial al centre ocupacional va ser molt dur i descoratjador. L’equip d’EVO Laboral, malgrat el retard de les llistes d’espera i la manca de mitjans i alternatives, va fer la seva feina tan bé com va poder. Ens van facilitar una llista d’entre 20 i 25 centres. Vam iniciar un procés de trucades i visites. La resposta era sempre la mateixa: “No el podem atendre. No estem preparats. No seria un lloc adequat per a ell”. Trucada rere trucada. Desesperació rere desesperació. Quan visitàvem algun centre, l’escenari continuava sent molt dur: professionals compromesos, però entorns sense els mitjans ni les condicions mínimes. Nosaltres no podíem deixar-hi el nostre fill. Finalment, una psicòloga ens va recomanar el centre ocupacional Els Xiprers de Bellaterra. Els inicis també van ser difícils, però a poc a poc, amb molta feina, la situació va millorar. Els darrers deu anys han demostrat que, amb un treball continuat i sistemàtic, es poden aconseguir millores significatives, fins i tot en casos d’elevada afectació. Però calen equips especialitzats i ràtios adequades, molt lluny de les existents actualment als centres ocupacionals i escoles especials. Treballar la comunicació de manera intensiva i personalitzada permet millorar la gestió de sentiments i frustracions i reduir notablement el trastorn de conducta associat. La qualitat de vida d’ells i de les seves famílies millora. Però aquesta no és mai una història ensucrada amb final feliç. La lluita continua sent diària i molt dura. L’autisme, avui, no té cura. Però ara en Pol està més relaxat, més atent a la vida que l’envolta i amb menys por del desconegut. Caldria que totes les persones amb discapacitat —física, psíquica, sensorial o cognitiva— rebessin el suport i l’atenció especialitzada que necessiten. Les mares i les famílies continuarem sempre en aquest camí. Però aquesta és una qüestió que requereix una resposta global de tota la societat.

Cintya

Yo estaba en una relación con el padre de mi hija mayor, que ahora tiene 10 años. Mi hija nació aquí y, cuando cumplió un año, decidimos irnos a Italia, de donde él es, para que creciera rodeada de su familia. Yo también tomé la decisión de irme por él, ya que aquí no tenía ni familia ni amigos. En cambio, yo sí: tenía a mi hermano mayor, amigas y una ciudad en la que había vivido muchos años y en la que sabía moverme. Allí vivimos en pueblos pequeños, donde era difícil desplazarse si no tenías coche y también muy complicado encontrar trabajo. Al año de estar allí, me pidió que nos casáramos. Yo pensé: tenemos una hija, lo lógico es casarse. Pero nunca hablamos realmente del tema, ni antes ni después. No planificamos nada. Con el tiempo empecé a notar cosas que me dolían profundamente. Él se ocupaba de nuestra hija y de sí mismo, pero yo no me sentía vista ni importante para él. Empezó a decirme cosas como que qué pensaba yo, que iba a empezar a trabajar a los 80 años… cuando en realidad yo me ocupaba de nuestra hija, de un huerto del que sacaba verduras, hacía pan en casa, preparaba el jabón de ducha que usábamos y otros cosméticos. También hacía artesanías que vendía en ferias. Busqué trabajo incluso en el campo, pero fue muy complicado. No me sentía valorada, no me sentía querida. Estaba llena de rabia, de miedo y de culpa, porque yo no quería una vida de pareja vacía como la que estaba viviendo. En ese periodo me encontraron una inflamación en el cuello del útero y me hicieron varias biopsias. Durante todo ese tiempo tuve que buscar yo misma el dinero para pagarlas, y eso fue lo que colmó el vaso. Sentí claramente que no tenía ningún valor a su lado y comprendí que esa no era la vida que quería para mí: estar con alguien a quien le daba igual si yo estaba bien o mal. Cuando estaba triste y quería hablar con él, me decía que buscara amigos para contarles mis cosas, porque a él lo deprimía. Así que, un año después de que me pidiera casarnos, le dije que yo necesitaba estar más con él, y nos separamos. Seguíamos viviendo en la misma casa, pero separados. Yo quería volver a Barcelona con mi hija, pero parecía imposible: él no quería que me fuera con ella porque yo no tenía dónde llegar, ni trabajo, ni dinero. Y, en medio de todo, estaba la culpa de alejar a mi hija de su padre y de sacarla de su núcleo familiar. Finalmente, él se fue a trabajar fuera de Italia y me dijo que vendiera las cosas de la casa y entregara el piso. Yo le respondí que, si entregábamos el piso, me iba a Barcelona. Y así fue como, un día antes de que cerraran las fronteras por el COVID, en enero de 2020, mi hija y yo llegamos a Barcelona con 400 euros en la mano. Llegamos a casa de mi hermano pensando que estaríamos allí un par de semanas, mientras buscaba trabajo y una habitación para alquilar. Pero llegó el confinamiento y no pude trabajar. Como no estábamos empadronadas, no pude escolarizar a mi hija hasta 2021. Durante ese tiempo estuve cambiando constantemente de habitación de alquiler, porque en varias de ellas había violencia doméstica y no podía permitir que mi hija viviera en ese entorno. A veces tuve que salir huyendo, incluso dejando el alquiler pagado. En esa relación no hubo infidelidad ni violencia física, pero sí creo que empezó a haber violencia psicológica. Yo huí de una situación que muchas personas consideran “no tan grave”. De hecho, varias me dijeron: “Tú elegiste a esa persona, ahora aguanta”. Incluso él mismo, un día que le pregunté qué le diría a su hija si estuviera en una relación como la nuestra, donde no se sintiera bien, me respondió: “Si hay hijos de por medio, tiene que aguantar”. Nunca he sido la típica mujer a la que le ilusione casarse, pero siempre he soñado con una vida de pareja plena, con amor, alegría y paz. Me duele haber hecho pasar a mi hija por esta experiencia; ha sido dura para ella. Pero siento que ahora tiene una estabilidad que no tendría si yo hubiera seguido en esa relación. Siempre he pensado que me debo a mí misma ser feliz, sola o acompañada, y también se lo debo a mi hija, porque los hijos aprenden del ejemplo. Durante mucho tiempo escuché a mujeres mayores decir que aguantaron a sus maridos por los hijos. Incluso mi madre lo decía cuando se peleaba con mi padre. Yo quería romper con esa idea. Quiero que mi hija me vea feliz y que aprenda a amarse y a amar a través de mi ejemplo.

Delmy

Tengo 28 años y soy de Guatemala. El primer nombre es con el que más me identifico, es el que me gusta y con el que la mayoría de las personas me conoce. En el ámbito familiar puedo decir que tuve una infancia feliz, o al menos así la recuerdo. A los dos años de edad, mis padres se separaron y, desde entonces, crecí junto a mis abuelos y mis hermanos. Es una historia muy larga de contar. Recuerdo las carencias económicas que teníamos, pero a pesar de eso fui feliz. El hecho de no haber tenido a mamá y papá juntos me brindó la libertad de formarme como una buena persona. Mis abuelos me enseñaron a esforzarme y a saber valorar las cosas. Fui madre soltera siendo muy joven. No fue fácil, pero también he tenido la fortuna de crecer junto a mi hijo y disfrutar de mi juventud a su lado. Con el paso del tiempo inicié una relación y puedo decir que ha sido lo mejor que me ha pasado. Encontré a la persona soñada, quien se ha convertido en un padre para mi hijo. Estoy agradecida por amarme a mí y a mi hijo. Decidimos emigrar a España. No fue fácil, porque tuve que dejar a mi hijo, y ha sido mi mayor reto, pero lo hice con la esperanza de que algún día pueda traerlo conmigo. Hemos pasado por muchas dificultades; al inicio, en este país, hubo momentos en los que quisimos rendirnos. Pero gracias a Dios hemos superado cada obstáculo y hoy doy gracias por el apoyo de las personas de este país, que cada día me han hecho sentir que no estoy sola

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